Benny Rodríguez
Las profesiones existen porque la sociedad deposita su confianza en quienes las ejercen. Detrás de cada una hay años de formación académica, conocimientos especializados, principios éticos y responsabilidades orientadas a proteger el interés colectivo. Esa confianza no surge por casualidad; es el resultado de una preparación que habilita a una persona para desempeñar funciones cuya correcta ejecución puede incidir directamente en la vida, el patrimonio, la seguridad o los derechos de los demás.
Por esa razón, nadie pondría voluntariamente su salud en manos de quien nunca estudió medicina, ni aceptaría que un edificio o un puente fueran diseñados por alguien sin formación en ingeniería. La sociedad comprende que existen profesiones cuyo ejercicio exige competencias específicas porque de ellas depende el bienestar colectivo.
Sin embargo, el intrusismo profesional continúa presente incluso en actividades donde un error puede tener consecuencias irreparables. El reciente fallecimiento de una mujer de 37 años, sometida a un procedimiento quirúrgico por una persona sin la debida preparación médica, constituye un ejemplo dramático de lo que ocurre cuando el conocimiento es sustituido por la improvisación, la apariencia o la falsa confianza.
En el periodismo, el fenómeno adquiere una naturaleza distinta, aunque no por ello menos peligrosa. Sus consecuencias rara vez producen una tragedia inmediata o una víctima visible. Son daños silenciosos que terminan deteriorando uno de los derechos más importantes de toda democracia: el derecho de los ciudadanos a recibir información veraz, verificada, contextualizada y de interés público.
Las tecnologías de la información y las redes sociales han democratizado la posibilidad de comunicar. Ese avance representa una conquista de la libertad de expresión. Nunca antes tantas personas habían podido compartir ideas, denunciar problemas, difundir conocimientos o participar en el debate público con tanta facilidad.
Pero esa democratización de la comunicación no elimina la diferencia esencial entre comunicar y ejercer el periodismo.
Toda persona tiene el derecho inalienable de expresar sus opiniones, compartir experiencias o difundir sus puntos de vista. Ese derecho constituye uno de los pilares de cualquier sociedad democrática. Sin embargo, el periodismo supone obligaciones adicionales que trascienden el simple acto de publicar contenidos en una plataforma digital.
El periodista no se limita a narrar acontecimientos. Investiga, verifica los datos, contrasta versiones, consulta diversas fuentes, contextualiza los hechos y actúa conforme a principios éticos destinados a garantizar que la información llegue a la ciudadanía con la mayor fidelidad posible.
Su compromiso no es con la viralidad, los algoritmos, el número de seguidores ni el aplauso inmediato que ofrecen las redes sociales. Su compromiso es con la verdad verificable, la precisión, la independencia y la responsabilidad social, inherentes a una profesión que Gabriel García Márquez definió como «el mejor oficio del mundo».
El problema comienza cuando el intrusismo en el periodismo desdibuja esas diferencias. Ocurre cuando la opinión pretende sustituir a la información; cuando el rumor desplaza a la noticia; cuando una transmisión en vivo pretende tener el mismo valor que una investigación periodística; cuando la inmediatez sacrifica la verificación; o cuando la especulación termina presentándose como un hecho comprobado.
En ese escenario, la desinformación encuentra terreno fértil para multiplicarse. Se deteriora la calidad del debate público, aumenta la polarización y los ciudadanos terminan tomando decisiones sobre la base de versiones incompletas, manipuladas o simplemente falsas.
Las consecuencias trascienden la competencia desleal que pueda afectar a quienes dedicaron años a formarse en las Escuelas de Comunicación Social. La principal víctima del intrusismo no es el periodista profesional. La verdadera perjudicada es la sociedad.
Una ciudadanía expuesta de manera permanente a contenidos sin verificar, elaborados sin contexto y carentes del rigor indispensable dispone de menos herramientas para comprender la realidad, ejercer sus derechos y exigir cuentas a quienes administran los asuntos públicos. Cuando la información pierde calidad, también se debilitan la participación ciudadana, el control democrático y la capacidad de fiscalizar el poder.
Y es precisamente ahí donde el periodismo adquiere su mayor dimensión. No solo informa. También investiga, revela aquello que algunos prefieren mantener oculto, vigila el ejercicio del poder, documenta la historia cotidiana y ofrece a los ciudadanos los elementos necesarios para comprender su realidad y participar conscientemente en la vida pública.
Defender el periodismo profesional no significa restringir la libertad de expresión ni desacreditar a quienes comunican desde otros espacios. Tampoco supone reclamar privilegios corporativos. Significa reconocer que el periodismo constituye una profesión sustentada en estándares éticos, metodológicos y legales cuyo propósito esencial es servir al interés público mediante la búsqueda responsable de la verdad.
En una época en la que la información circula a una velocidad sin precedentes y la inteligencia artificial es capaz de producir contenidos en segundos, el periodismo serio adquiere un valor aún mayor. Mientras cualquiera puede publicar casi instantáneamente, el periodista tiene el deber profesional de detenerse, comprobar, contrastar y contextualizar antes de informar. Esa diferencia no representa un privilegio; constituye una garantía para toda la sociedad.
No es casual que las democracias más sólidas protejan simultáneamente la libertad de expresión y el ejercicio de un periodismo independiente. Ambos derechos no compiten entre sí; se complementan. La libertad de expresión garantiza que todas las personas puedan manifestar sus ideas. El periodismo procura que la información sobre la cual se construye el debate público responda a criterios de veracidad, responsabilidad y servicio al interés general.
Confundir ambos conceptos termina perjudicando a los dos. Porque una sociedad puede disfrutar de amplias libertades para expresarse y, al mismo tiempo, permanecer desinformada si buena parte de los contenidos que consume carecen de verificación, contexto y responsabilidad profesional.
El intrusismo en el periodismo no solo banaliza una profesión construida sobre el conocimiento, la ética y la responsabilidad social. Debilita el derecho de la ciudadanía a estar correctamente informada y erosiona uno de los cimientos sobre los que descansa toda democracia.
En definitiva, defender el periodismo profesional no significa proteger un gremio; significa proteger un derecho ciudadano. Porque las democracias no se sostienen únicamente sobre la libertad de hablar. Se sostienen, sobre todo, sobre la posibilidad de que cada ciudadano pueda decidir con criterio, participar con conciencia y exigir responsabilidades a partir de hechos verificados y no de rumores, manipulaciones o intereses particulares. Cuando esa garantía desaparece, el verdadero perjudicado deja de ser el periodista. Es la sociedad entera.
Autor: Benny Rodríguez es periodista, egresado de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) y exmiembro del Comité Ejecutivo Nacional del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP).































