Xavier Carrasco
Es sabido que el Ministerio de Interior y Policía es la institución responsable de diseñar la política de seguridad ciudadana. A su vez, la Policía Nacional, conforme al artículo 255 de la Constitución, tiene como misión salvaguardar la seguridad ciudadana, lo que coloca en manos del Estado la responsabilidad de garantizar la vida, el orden y la integridad de las personas.
Sin embargo, la seguridad ciudadana no se limita a prevenir delitos como robos, homicidios o el tráfico de sustancias ilícitas. También implica preservar la vida en un sentido más amplio, evitando conductas que representen riesgos tanto para quien las ejecuta como para terceros.
En la República Dominicana, distintas mediciones coinciden en una realidad persistente: los accidentes de tránsito figuran entre las principales causas de muerte. En estos casos, se repiten factores como el exceso de velocidad, el consumo de alcohol y la imprudencia.
En ese contexto, las medidas de Faride implementadas desde el Ministerio de Interior y Policía durante la Semana Santa responden a la necesidad de reducir estos riesgos en un periodo donde históricamente aumentan las emergencias y las fatalidades.
Las medidas de Faride no tienen como propósito restringir libertades de forma arbitraria, sino prevenir situaciones que puedan derivar en pérdidas humanas. La aplicación de la ley, en este sentido, se presenta como un mecanismo de protección colectiva.
No obstante, la implementación de estas disposiciones suele generar rechazo en sectores de la población. Esta reacción no siempre responde a la eficacia de las políticas, sino a una cultura donde, en ocasiones, se confunde la libertad individual con la ausencia de límites.
Las medidas de Faride colocan sobre la mesa el debate entre derechos individuales y responsabilidad social. En un entorno donde la imprudencia sigue siendo un factor determinante en múltiples tragedias, la intervención del Estado busca establecer controles mínimos para la convivencia.
Cada año, miles de personas resultan afectadas por situaciones que, en gran medida, pueden evitarse. La recurrencia de estos hechos evidencia la necesidad de reforzar tanto la prevención como el cumplimiento de las normas.
Las medidas de Faride, aunque puedan resultar incómodas para algunos, se inscriben dentro de una política orientada a la protección de la vida. En ese sentido, la discusión no debería centrarse únicamente en su aceptación, sino en su impacto en la reducción de riesgos.
Un entorno donde prevalezca la prudencia reduce la necesidad de imposiciones. Mientras tanto, el rol del Estado continúa siendo determinante para establecer límites que contribuyan a la seguridad colectiva.






























