Miguel Vólquez
(Educador y periodista)
La frontera dominicana enfrenta una amenaza existencial disfrazada de modernidad logística. La reciente disposición del presidente Luis Abinader para establecer puertos secos en la frontera dominicana en las provincias de Dajabón, Elías Piña (Comendador), Independencia (Jimaní) y Pedernales no es una estrategia de desarrollo.
Es, en realidad, el acta de defunción para el comercio tradicional que ha sostenido vivas a estas comunidades por generaciones.
Bajo esta nueva modalidad centralizada, las mercancías transitarán mediante una logística corporativa monstruosa diseñada para canalizar todo directamente hacia Haití.
Este esquema borra de un plumazo al intermediario local, dejando migajas y oportunidades mínimas de subsistencia a los comerciantes que dinamizan los mercados binacionales cotidianos.
Si el corazón económico de la frontera deja de latir para sus propios habitantes, el resultado inevitable será el abandono masivo de estos pueblos por parte de los dominicanos. Un territorio desértico en lo económico es el escenario ideal para que la zona sea ocupada definitivamente por un flujo migratorio sin control, que poco a poco convierte una soberanía real en una meramente ideológica y de ensueño sobre nuestro suelo patrio.
Esta preocupante decisión, tomada de espaldas a los sectores productivos y económicos locales y sin un consenso genuino, evidencia una alarmante voluntad entreguista por parte del Ejecutivo. No es un hecho aislado; se suma a otras ejecutorias erradas y poco inteligentes, como las intenciones en torno a la mina de oro de San Juan, que demuestran una preocupante desconexión con el interés nacional y mutilan la dinámica económica local.
Dentro de esta cruda realidad, municipios históricos como Jimaní y sus pueblos hermanos quedarán atrapados en un limbo total: despojados de su rol comercial, sin alternativas de empleo y convertidos en simples zonas de paso para una riqueza que jamás se quedará en sus calles.
Legislar y gobernar para la logística transnacional olvidando al factor humano fronterizo no es progreso; es una mutilación económica y un peligro geopolítico que el país no puede callar.
Lo más preocupante de la expuesta realidad es el miedo que existe y el silencio desproporcionado de las estructuras vivas de la zona: comercio, organizaciones de base, sector político, sector religioso y demás actores que configuran la dinámica social de la frontera dominicana.
Es hora de que despertemos, porque aún estamos a tiempo. El puerto seco, como ha sido bautizada esta nueva estrategia comercial desproporcionada y excluyente, cual zorro sigiloso se abalanza para transformar la dinámica socioeconómica de una frontera que solo despierta interés cuando las circunstancias favorecen y garantizan grandes ganancias.
¡La frontera debe ser eternamente para los fronterizos!





























