Edwin Paraison
España volvió a conquistar el mundo. El gol que le dio su segunda estrella resumió, mejor que cualquier discurso, el espíritu de este Mundial. La jugada nació en los pies de Lamine Yamal, hijo de una familia de origen marroquí y ecuatoguineano, nacido en la periferia de Barcelona; continuó con Nico Williams, hijo de inmigrantes ghaneses que atravesaron media África antes de establecerse en el País Vasco; y terminó con la definición de Ferran Torres. Más que una combinación de talento, fue la imagen de una sociedad diversa que, cuando compite, no pregunta por el origen de sus hijos, sino por su compromiso con la camiseta.
Ese gol fue también una respuesta al racismo que todavía persiste en demasiados espacios. Demostró que el fútbol moderno es, en buena medida, el reflejo de un mundo construido por migraciones, identidades compartidas y pertenencias múltiples.
Otra de las grandes historias de este Mundial fue el regreso de Haití a una Copa del Mundo, cincuenta y dos años después de su histórica participación en Alemania 1974. La clasificación significó mucho más que un logro deportivo. Fue un motivo de orgullo para un pueblo golpeado por crisis sucesivas, pero que nunca ha perdido su pasión por el fútbol.
Como ocurre con muchas selecciones nacionales, el equipo haitiano estuvo integrado en gran parte por jugadores nacidos o formados fuera del país. Jóvenes desarrollados en Francia, Canadá, Estados Unidos y otras naciones decidieron vestir la camiseta azul y roja para representar la tierra de sus padres o abuelos. Junto a ellos estuvo una diáspora que cruzó fronteras para acompañarlos, demostrando que la identidad también se construye desde la memoria y el afecto.
Ver la enorme bandera haitiana desplegada en los estadios y escuchar su himno entonado por miles de aficionados fue una de las imágenes más emotivas del torneo. Aunque el grupo que enfrentó —Escocia, Brasil y Marruecos— resultó extremadamente exigente, la actuación de Les Grenadiers fue digna y dejó una huella de esperanza.
Sin embargo, el fútbol nunca ocurre aislado de la realidad.
La decisión de la FIFA de exigir modificaciones a la camiseta haitiana, cuyo diseño hacía referencia a la Batalla de Vertières, abrió un debate internacional. Paradójicamente, esa controversia permitió que numerosos medios explicaran al mundo el significado de aquella batalla decisiva contra las tropas napoleónicas, que precedió a la independencia de Haití en 1804 y simbolizó la conquista de la libertad por parte de un pueblo que había sido sometido a la esclavitud.
Mientras tanto, otras manifestaciones políticas recibieron un tratamiento distinto. Tras eliminar a Inglaterra, jugadores argentinos exhibieron una pancarta reivindicando la soberanía sobre las Islas Malvinas sin generar una reacción similar del organismo rector del fútbol mundial. Del mismo modo, el presidente de Estados Unidos intervino públicamente para solicitar la anulación de la tarjeta roja mostrada al delantero Folarin Balogun, hijo de inmigrantes nigerianos y figura de la selección estadounidense.
El racismo tampoco estuvo ausente. Desde distintos escenarios surgieron cuestionamientos a la nacionalidad de futbolistas franceses por el color de su piel o por el origen de sus familias. En España también reaparecieron discursos similares. Resulta paradójico que quienes ponen en duda la identidad de otros olviden que sus propias selecciones nacionales también son el resultado de sociedades diversas.
Entre tantas historias, me quedo con imágenes que difícilmente aparecerán en las estadísticas: haitianos celebrando junto a aficionados de Cabo Verde; brasileños abrazando a seguidores haitianos después del partido entre ambas selecciones; personas unidas por el deporte más allá del marcador.
Pero hubo una imagen que no apareció y que, quizás, era la más importante.
La fotografía que faltó fue la de haitianos y dominicanos compartiendo un mismo Mundial.
No para alimentar rivalidades políticas ni reabrir heridas históricas, sino para demostrar que la inmensa mayoría de quienes habitan esta isla aspira a convivir en paz, respetando sus diferencias y reconociendo que el destino geográfico nos obliga, pero también nos invita, a construir un futuro común.
Es cierto que esa escena no fue posible esta vez. Sin embargo, el creciente interés por el fútbol en la República Dominicana evidencia que el país también comienza a escribir su propia historia mundialista. La destacada participación de Rubén Vargas con Suiza fue motivo de orgullo para miles de dominicanos y recordó la dimensión internacional de nuestra diáspora.
Soñar con que Haití y República Dominicana coincidan algún día en una fase final de la Copa del Mundo ya no parece una fantasía imposible. El crecimiento del fútbol en ambos países, el trabajo de las academias y la presencia de entrenadores y jugadores de origen haitiano en el balompié dominicano muestran que existen puentes que muchas veces pasan inadvertidos en medio del ruido político.
Quizá esa sea la principal enseñanza que deja este Mundial.
La final entre España y Argentina recordó que el deporte derriba fronteras. Técnicos, jugadores y familias comparten trayectorias que cruzan países, idiomas y culturas. Del mismo modo que aquella fotografía tomada hace casi dos décadas, en la que un bebé llamado Lamine Yamal aparecía junto a Lionel Messi, terminó adquiriendo un significado histórico que nadie podía prever, también es posible imaginar otra imagen para el futuro.
La que todavía no existe.
La de haitianos y dominicanos alentando juntos a sus respectivas selecciones en un Mundial, demostrando que la convivencia no es una ingenuidad ni una utopía, sino una decisión colectiva que puede construirse desde el respeto, la cooperación y el reconocimiento mutuo.
Esa sería, quizás, la fotografía más valiosa que el fútbol podría regalarnos. No solo porque hablaría de deporte, sino porque reflejaría la posibilidad de una isla donde dos pueblos aprendan a mirarse menos desde el prejuicio y más desde la esperanza.





























