Benny Rodríguez
Barahona, RD. –
Cuando recibió la llamada que le comunicó que el papa León XIV lo había designado nuevo obispo de la Diócesis de La Vega, monseñor Andrés Napoleón Romero Cárdenas sintió que varias emociones se agolpaban al mismo tiempo.
Primero fue la sorpresa.
Después llegaron el miedo, la gratitud, la confianza y, finalmente, una profunda nostalgia.
La nostalgia de quien debe marcharse de un lugar que ya no es solamente una misión pastoral, sino parte de su propia historia.
“Estas noticias siempre sorprenden, puesto que el consagrado no se pertenece; no es él quien elige el lugar de misión. En nuestro caso quien designa es el Papa. Por tanto, me sorprendió”, dijo a #LaLupaDelSur en sus primeras declaraciones tras hacerse pública la designación.
Han transcurrido diez años desde que llegó a Barahona.
Una década suficiente para que el Suroeste dominicano dejara de ser simplemente una Diócesis asignada y se transformara en el lugar donde aprendió el oficio más complejo y hermoso de su vida.
“Aprendí a ser obispo en Barahona”, afirma. Y en esa frase parece resumirse toda una etapa.
Una despedida que duele
Monseñor Romero no habla como quien deja un cargo administrativo. Habla como quien se despide de una familia. Por eso admite que la noticia también le produjo tristeza.
“Siento mucha nostalgia de dejar mi Diócesis de Barahona, donde me ayudaron y me apoyaron a lo largo de esta misión. Siento tristeza dejarla”.
Las palabras salen pausadas, cargadas de gratitud.
Porque durante estos diez años compartió alegrías, dificultades, celebraciones religiosas, momentos de dolor y también grandes esperanzas con la gente de la región.
El miedo de una nueva misión
Aunque asumir la Diócesis de La Vega representa un reconocimiento de la Iglesia a su trayectoria pastoral, reconoce que la noticia también le generó temor.
No un miedo paralizante.
Más bien el temor natural de quien comprende la magnitud de la responsabilidad que recibe.
“Miedo porque la misión siempre nos sobrepasa, pero confiamos en aquel que nos ha llamado y nos envía. Él pondrá lo que nos falta”.
Sin embargo, inmediatamente aparece la confianza.
Esa palabra que repite varias veces durante la conversación.
“Confianza, mucha confianza. El Señor es fiel y así como me ha sostenido en Barahona y en todo mi camino sacerdotal, sé que lo hará en esta nueva misión”.
Y junto a la confianza también hay alegría.
“No podemos servirle a Él con tristeza y disgusto. Quien le sirve siempre sale ganando”.
Los colores del mar, Polo y las comunidades rurales
Cuando se le pregunta qué extrañará de Barahona, no menciona edificios ni oficinas.
Habla primero de la gente.
Del afecto sincero de las comunidades.
Del compromiso de quienes caminaron junto a él.
De los campesinos que le enseñaron el valor de compartir incluso cuando se tiene poco.
“Siempre extrañaré de la Diócesis su cariño transparente, sentido, sobrio y fuerte; el testimonio de trabajo y compromiso de los equipos con quienes he trabajado y la generosidad de las comunidades rurales que me dieron grandes lecciones de solidaridad y desprendimiento”.
Luego aparecen los paisajes.
Los escenarios que hacen única a esta región del país.
“Extrañaré la belleza sin par de la región: los colores del mar, la temperatura de Polo, las vistas de la costa, las fiestas patronales con sus tradiciones”.
También las largas conversaciones con sacerdotes, religiosas y agentes pastorales.
“Las convivencias con los sacerdotes, francas y fraternas. La fortaleza de los misioneros y misioneras que me animaban siempre con su testimonio”.
Y entonces resume todo en una frase sencilla:
“En fin, todo lo que viví en esta región lo extrañaré”.
Una Iglesia con más de cinco siglos de historia
Ahora comienza una nueva etapa.
La Vega, una de las diócesis más antiguas del continente, será el nuevo escenario de su ministerio episcopal.
Su primera tarea, dice, será escuchar y conocer.
“La primera acción es integrarme a una Iglesia que tiene más de 500 años de camino”.
Entre sus prioridades identifica tres áreas fundamentales: los sacerdotes, las vocaciones y los jóvenes.
“Para un obispo, los sacerdotes son sus colaboradores más cercanos. La atención y el acompañamiento de ellos serán prioridad para mí. Igual las vocaciones”.
Respecto a la juventud, es categórico:
“Los jóvenes también entiendo que debemos darles una seria atención”.
Considera que la Iglesia enfrenta el reto de evangelizar en medio de una sociedad cada vez más indiferente a la fe, utilizando las nuevas tecnologías sin perder la cercanía humana.
“Las nuevas tecnologías deben ponerse al servicio del Evangelio, siempre cuidando que no nos deshumanicen”.
El Barahona que sueña
Aunque se marcha, deja pendientes varios sueños para la región que durante una década llamó hogar.
Sueña con una Presa de Monte Grande terminada completamente, con todos sus canales funcionando.
Sueña con campesinos cultivando tierras productivas.
Con un puerto libre de contaminación.
Con un turismo fortalecido.
Con una ciudad más limpia.
Y con una ciudadanía protagonista de su propio desarrollo.
“Me gustaría ver completada la obra de Monte Grande con todos sus canales, a los campesinos beneficiarios con tierras disponibles para cultivar, un puerto sin contaminación y apto para el desarrollo del turismo, menos contaminación en la ciudad de Barahona y un pueblo empoderado de su desarrollo”.
Un mensaje final
Antes de concluir, deja un mensaje para sacerdotes, religiosas, misioneros y laicos que compartieron con él estos diez años de servicio.
“Que valoren y amen la misión, que privilegien siempre a los más pequeños y vulnerables y que sirvan con amor y alegría”.
La conversación termina.
Pero queda la sensación de que, aunque la obediencia a la Iglesia lo conduce ahora a La Vega, una parte de monseñor Andrés Napoleón Romero Cárdenas permanecerá para siempre en Barahona.
Aquí, donde aprendió a ser obispo.
































