Miguel Vólquez
JIMANÍ, Independencia.–
El domingo 23 de mayo de 2004 amaneció cubierto por el gris espeso de un temporal que abrazaba gran parte de la República Dominicana. En el suroeste, el cielo parecía más pesado de lo habitual, aunque para los habitantes de Jimaní aquella jornada transcurría como cualquier otra.
Era un domingo de descanso, rutina y preparativos para el amanecer del lunes, cuando el comercio binacional en Malpaso volvería a mover la dinámica económica de la frontera.
Al caer la noche, un aguacero persistente comenzó a envolver al poblado. Las familias se refugiaron en sus hogares mientras el sonido de la lluvia acompañaba el sueño de quienes pensaban levantarse temprano al día siguiente.
Sin embargo, aquella madrugada la historia cambiaría para siempre.
La amenaza ignorada
Los organismos meteorológicos ya habían emitido alertas sobre las lluvias que afectaban la región, pero en el barrio Las 40 el miedo no formaba parte del ambiente cotidiano.
El río Blanco, acostumbrado a crecer durante temporadas de lluvia, era visto como un viejo conocido que rugía, aumentaba su caudal y luego regresaba a la calma.
La costumbre terminó convirtiéndose en una peligrosa confianza.
Muchos pensaron que aquella sería otra crecida pasajera. Nadie imaginó que la muerte descendía silenciosamente desde las montañas haitianas.
La madrugada del horror
Mientras Jimaní dormía, enormes cantidades de agua comenzaron a acumularse en las lomas desnudas de Haití. La naturaleza perdió el control y el río dejó de ser río para transformarse en una violenta avalancha de lodo, piedras, árboles y escombros.
Sin previo aviso, la corriente impactó con furia el vulnerable sector de Las 40.
El estruendo de las viviendas desplomándose y el rugido del agua despertaron a una comunidad que apenas tuvo tiempo para reaccionar.
La riada arrastró vidas enteras, recuerdos, sueños y esperanzas. Más de 200 personas murieron aquella madrugada que todavía permanece clavada en la memoria colectiva del sur dominicano.
Un pueblo sepultado por el lodo
Cuando amaneció, Jimaní parecía otro lugar.
Las 40 prácticamente había desaparecido bajo toneladas de piedras y lodo. Decenas de viviendas fueron borradas del mapa, mientras calles, tendidos eléctricos y pertenencias quedaron sepultados.
En las zonas más bajas de la ciudad el agua penetró viviendas y destruyó todo a su paso.
Los sobrevivientes quedaron atrapados entre la desesperación de buscar a sus familiares y el dolor indescriptible de haberlo perdido todo en cuestión de minutos.
Una herida que sigue abierta
Hoy, 24 de mayo de 2026, se cumplen exactamente 22 años de aquella tragedia que marcó para siempre la historia de Jimaní.
El tiempo ha permitido reconstruir viviendas y levantar nuevamente parte del municipio, pero las cicatrices emocionales permanecen intactas.
Cada vez que el cielo se nubla y el suroeste vuelve a teñirse de gris, el recuerdo de aquella madrugada regresa con fuerza aterradora a la memoria de quienes sobrevivieron.
Jimaní logró levantarse, pero el eco de Las 40 continúa vivo como advertencia permanente de la fuerza implacable de la naturaleza y del dolor que puede heredarse de generación en generación.























