José Espinal Marcelo
“Fue extensionista antes de que la palabra fuese un cargo; lo era cuando el arte era herramienta de conciencia y la calle, escuela de ciudadanía.”
A Bautista López García (Radhamés) lo conocí en los primeros años de la década de los ochenta. Éramos apenas niños. En el patio de su casa se reunían los integrantes de los grupos culturales “16 de Abril” (poesía coreada), “Renacer de la Cultura” (teatro) y “Ñico Lora” (ballet folclórico), entre otros colectivos que formaban parte del Club Juan Pablo Duarte.
Radhamés era miembro activo del Ballet Folclórico Ñico Lora y orientador del grupo 16 de Abril, del cual mi hermano Carlos y yo también formábamos parte. En Navarrete son pocos quienes lo identifican por su nombre legal; para todos era y sigue siendo Radhamés. Desde entonces coordinaba, de jueves a domingo, presentaciones culturales en los cuatro puntos cardinales del municipio y en distintas comunidades de la región, promoviendo el arte como herramienta de transformación social.
Desde muy joven asumió responsabilidades que sobrepasaban su edad. Estudiaba de lunes a viernes y, al regresar del liceo, lo esperaba un nutrido grupo de niños, niñas y adolescentes para ensayar diversas disciplinas artísticas. Su madre, doña Romana, cocinaba para todos con generosidad entrañable. A veces se producían disputas por el concón, codiciado por cada uno de nosotros. Los sábados, desde temprano en la mañana hasta entrada la tarde, ayudaba a su padre en el colmado familiar, sustento del hogar y uno de los establecimientos más reconocidos de la zona.
Siendo aún menor de edad, encabezó una de las luchas más significativas de nuestro municipio contra los burdeles y casas de cita, espacios donde una parte importante de la juventud navarretense comenzaba a extraviarse entre el ocio nocivo y la degradación social. Fue una batalla titánica. Solo en el sector La Mella identificamos 26 centros de ese tipo.
Radhamés diseñó un plan de acción articulado con los grupos culturales para rescatar a la juventud de la amenaza de los vicios y elevar el nivel de conciencia colectiva. Recorrió el municipio calle por calle utilizando el arte y la cultura como instrumentos de intervención social. Aquella labor de animación sociocultural se transformó rápidamente en movilización comunitaria.
Ante el avance del proceso, algunos propietarios intentaron sobornarlo. Fracasadas las ofertas, recurrieron a las amenazas e incluso pusieron precio a su cabeza. Nunca se doblegó. Resistió el hostigamiento, las agresiones físicas y la intimidación con una firmeza que aún hoy impresiona.
En apenas dos años, la comunidad organizada logró el cierre de los centros de prostitución que operaban en los barrios. Los grupos culturales se fortalecieron y Bautista López (Radhamés) asumió nuevos compromisos, ahora dentro del movimiento estudiantil, convirtiéndose en una referencia indiscutible para la juventud local.
La comunidad lo protegía. Recuerdo una noche en que agentes policiales intentaron asesinarlo en la orilla de un canal. Los vecinos lograron arrebatárselo cerca de la medianoche, aunque ya presentaba una pierna fracturada. Las mujeres del barrio iniciaron cadenas de oración desde las seis de la tarde por su recuperación. No conformes con haberlo herido, agentes intentaron sacarlo de la clínica en dos ocasiones. La comunidad organizada, junto a los grupos culturales, estudiantiles y sectores de la iglesia, lo impidió.
Su sentido de humanidad fue siempre coherente con su discurso. Durante una huelga provincial en Santiago, en medio de una brutal represión policial, un agente perdió el equilibrio en una motocicleta mientras llevaba alimentos para su familia. La compra cayó al pavimento y varios productos se dañaron. En medio de la tensión, Radhamés se colocó frente al agente y dijo con firmeza: “Este hombre es un trabajador; por su familia y por la de todos es que luchamos. Nadie debe maltratarlo”. Ordenó devolverle su arma incautada y dispuso reponer los alimentos dañados en el colmado de Chichilo para que pudiera llevar comida a su hogar. El policía, visiblemente conmovido, se marchó agradecido.
Valiente en la adversidad, durante la huelga nacional de junio de 1989 —los días 19, 20 y 21— recibió un disparo mientras nos movilizábamos por la calle Mella hacia la calle Daniel Goris, frente al mercado público. Sentí su mano sobre mi hombro cuando me dijo: “Me dieron una pedrada en la pierna”. La sangre fluía con intensidad. Le respondí: “Radhamés, es un balazo”. Mientras la multitud se aglomeraba, su reacción fue categórica: “No abandonen el campo de batalla; solo estoy herido”.
Comprometido hasta las últimas consecuencias, cuando culminó el bachillerato en el liceo Pedro María Espaillat, en una reunión regional del FELABEL se informó sobre la represión en el municipio de Esperanza y las dificultades del grupo estudiantil del liceo Ramón Matías Mella. Sin vacilar, decidió repetir el cuarto curso en esa localidad para fortalecer el movimiento estudiantil. Se trasladó y cumplió su palabra.
Hoy, al ver a Bautista López postulado a la Vicerrectoría de Extensión de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), no albergo dudas. Nadie encarna con mayor autenticidad el vínculo entre universidad y comunidad.
Su vocación extensionista no nace de un discurso coyuntural, sino de una trayectoria vital forjada en la práctica social, en la defensa de los derechos humanos y en la organización comunitaria.
Su historia demuestra que fue extensionista antes de que la palabra fuese un cargo; lo era cuando el arte era herramienta de conciencia y la calle, escuela de ciudadanía.
Bautista López a Extensión.
Bautista López es compromiso vivo con la UASD.































