Néstor Estévez
El que narro pudo quedar como uno de esos encuentros en donde la pasamos bien. Hubo para tomar y para picar. Nos entretuvimos tanto que el tiempo “se nos fue volando”. Pero, sobre todo, hubo de eso que queda cuando se pasa balance: agregamos valor.
Como suele ocurrir cuando compartimos con personas muy queridas, el abanico de temas fue amplio. Desde lo que provoca risa hasta lo que invita a pensar, sin que faltara el contenido que reta. Hubo tiempo para apreciar la música y hasta para desempolvar uno que otro recuerdo. Ahí tuvimos “para largo”, pero principalmente para lo que ha de hacerse con lo bueno: compartirlo.
Un tema tan común como aleccionador fue ese que anda de boca en boca: “no me rinde el día”, “todo pasa demasiado rápido”, “uno siente que vive corriendo y no llega a nada”. Estábamos en una reunión para compartir, alimentando los afectos, sin agenda, sin pretensiones académicas. Pero esas expresiones frecuentes nos remitieron a El aroma del tiempo, de Byung-Chul Han, y el tema se adueñó de la noche.
—El problema no es que el tiempo vaya rápido —dijo alguien—, es que ya no significa lo mismo o no lo estamos valorando igual que antes.
Ahí empezó el asunto a tomar forma.
El libro tiene más de quince años, pero parece como si lo hubiesen editado ayer. Byung-Chul Han plantea algo incómodo: la crisis de nuestra época no es la aceleración del tiempo, como solemos repetir casi por reflejo, sino algo más profundo. La aceleración es apenas un síntoma. El verdadero problema es que el tiempo ha perdido su sostén, su narrativa, su dirección. Dicho de otro modo: el tiempo ya no “huele” a nada, no deja rastro, no se demora lo suficiente como para construir sentido.
Uno de los presentes recordó una frase subrayada: “La gente envejece sin hacerse mayor”. Hubo silencio. El silencio ayudó a entender: vivimos más años, acumulamos experiencias, pero no necesariamente construimos una vida. Saltamos de una cosa a otra —trabajos, relaciones, proyectos, identidades— sin llegar hasta el final de nada. No porque falten opciones, sino porque sobran.
Han explica que, durante siglos, el tiempo tuvo forma. En el mundo mítico, estaba lleno de relatos y repeticiones cargadas de sentido. En la modernidad, siguió siendo narrable: progreso, revolución, ciencia, emancipación. Había futuro, había dirección, había promesa. Incluso la aceleración tenía sentido, porque se aceleraba hacia algo.
Hoy, en cambio, vivimos en un tiempo fragmentado, reducido a instantes puntuales. No historia, sino información —mayoritariamente sin valor y ni decir sobre su relación con la verdad—. No hay narración, sino actualización constante. Alguien lo resumió con crudeza: “Estamos hiperconectados, pero desorientados”. Nunca recibimos tantos datos y, paradójicamente, nunca fue tan difícil entender qué está pasando.
La charla dejó de ser ligera. Surgió la pregunta inevitable: ¿hay salida o todo es diagnóstico? Entonces apareció la parte más impopular del libro: la defensa de la vida contemplativa.
No se trata de descansar para seguir produciendo ni de desconectarse para rendir mejor mañana. Eso sigue siendo parte de la lógica del trabajo. Han propone recuperar el ocio en su sentido clásico: un tiempo liberado de la utilidad, orientado a la verdad, la belleza, el pensamiento, la amistad, el silencio. Un tiempo que no se consume, sino que se habita.
—Tal vez por eso sentimos que el tiempo no alcanza —dijo alguien—: porque nunca nos detenemos de verdad.
La vida puramente activa, sin contemplación, se vuelve vacía. Produce mucho, pero no permanece. Consume el tiempo en lugar de dejar que el tiempo madure. Recuperar la capacidad de demorarse no es nostalgia romántica; es una forma de resistencia frente a un mundo que nos quiere siempre disponibles, siempre productivos, siempre empezando de nuevo.
La reunión terminó tarde. Nadie salió con respuestas cerradas, pero todos con la sensación de haber vivido algo distinto: una conversación que no fue un punto más en la agenda, sino un pequeño acto de duración.
Tal vez eso sea, al final, lo que esta Crónica de un compartir que agrega valor deja como enseñanza: la posibilidad de que el tiempo vuelva a tener aroma.



























