Tomás Aquino Méndez
El campo dominicano necesita, más que anuncios, acciones concretas. Los hombres y mujeres que trabajan la tierra no piden discursos: reclaman equidad, cumplimiento y resultados.
Para cientos de productores agropecuarios de Barahona, Bahoruco, Independencia y Pedernales, la señal más clara de respaldo estatal sigue siendo una sola: que el proyecto Monte Grande funcione en toda su dimensión.
Han pasado más de dos años desde que el presidente Luis Abinader inauguró el embalse, pieza clave para el almacenamiento de las aguas del río Yaque del Sur. Sin embargo, esa entrega —aunque importante— no representa la totalidad de la obra.
El propio mandatario fue claro al momento de la inauguración: Monte Grande solo cumpliría su verdadera misión con la ejecución de las obras complementarias. Canales de riego, sistemas para alimentar el acueducto regional (ASURO) y la instalación de equipos para la generación de energía eran parte esencial del proyecto.
Se prometió, incluso, que el proceso de licitación para estas infraestructuras se iniciaría de inmediato. Pero el tiempo ha pasado y esa promesa aún no se concreta.
Esa espera prolongada tiene consecuencias. Los productores del Suroeste no sienten en la práctica el respaldo que se anuncia desde el discurso oficial. Para ellos, Monte Grande sigue siendo una obra inconclusa, un proyecto a medio camino entre la esperanza y la frustración.
Es cierto que el embalse ha contribuido a reducir las inundaciones, lo cual representa un avance significativo. Pero su impacto está lejos de alcanzar el potencial transformador que se prometió.
Monte Grande no fue concebido solo para contener riadas. Su propósito es mucho más amplio: integrar unas 700 mil tareas a la producción agrícola, garantizar agua potable de calidad a múltiples comunidades, aportar entre 13 y 18 megavatios de energía y convertirse en un eje dinamizador del turismo en la región.
Sin esas piezas, el proyecto pierde su esencia. Y con ello, se diluye la oportunidad de impulsar un verdadero desarrollo en el Suroeste.
La palabra empeñada tiene valor, sobre todo cuando se trata del Estado. Cumplirla no solo fortalece la confianza, sino que también dignifica a quienes, desde el campo, sostienen una parte vital de la economía nacional.
Monte Grande sigue siendo una promesa pendiente. Y el Suroeste, una región que espera.





























