Carolina Lucas
Buscando definiciones del pasado encontré varias que me llamaron la atención:
1. Es el tiempo que ya sucedió y quedó atrás en la línea de la vida.
2. No tiene existencia ni fuerza: es tiempo muerto.
Pablo, uno de los grandes hombres de fe, le recordaba a los corintios que él aún no había alcanzado la meta, pero hacía algo esencial: olvidaba lo que quedaba atrás y proseguía hacia adelante.
Rick Warren, en su libro Una vida con propósito, enseña que el pasado no puede volver a lastimarte… a menos que tú le des ese poder.
Incluso Ricardo Arjona, en su canción Minutos, lo define como “forasteros de un tren que no va a ningún lugar, morgue del tiempo, cadáveres de momentos que no vuelven jamás”.
Todo apunta a lo mismo: el pasado ya no existe.
Aun así, muchas veces nos quedamos atrapados en él, convirtiéndolo en equipaje y en estación. Nos sumergimos en pensamientos como:
“Pude haberlo hecho mejor”,
“No debí empezar esa relación”,
“No tenía que abrir ese negocio”.
La realidad es que no podemos regresar al pasado para corregir errores. Quien te hirió en ese entonces, ya no está aquí, y si sigues dándole vueltas, tu futuro se detiene.
El pasado, sin embargo, sí tiene un propósito si lo miramos de la manera correcta:
• Instrumento de medida: Nos muestra quién fuimos y cuánto hemos crecido.
• Recarga de energía: Allí habitan recuerdos hermosos que nos llenan de fuerza; en mi caso, recuerdo a mis hermanos, mi infancia en la iglesia, los días en que mi familia estaba completa.
• Medio de enseñanza: Cada error trae una lección para hacer las cosas mejor la próxima vez.
El pasado no está hecho para cargarlo como nuestra mochila de dolor, ni para martirizar el presente.
Soltarlo y avanzar es un acto de amor propio. No fue tu culpa,no lo merecias pero ya quedo atrás, puedes volverlo intentar, ya pasó.
























