Dr. Natanael Gutiérrez
Hablar de Barahona es hablar, inevitablemente, de memoria. Durante décadas hemos escuchado relatos sobre la gran Barahona del siglo pasado: una provincia dinámica, próspera y llena de oportunidades. Quienes vivieron entre las décadas de 1920 y 1970 recuerdan una economía vibrante impulsada, en gran medida, por el Ingenio Barahona y por una estructura productiva que generaba empleos, movilidad social y expectativas de progreso.
Aquella etapa forma parte de nuestra identidad colectiva y merece ser estudiada con profundidad. Comprender sus fortalezas, sus limitaciones y las circunstancias históricas que la hicieron posible puede ofrecernos valiosas enseñanzas.
Sin embargo, la pregunta verdaderamente importante no es por qué Barahona fue grande.
La pregunta es otra: ¿cómo construir una nueva etapa de prosperidad para el siglo XXI?
Porque el mundo cambió.
Y las estrategias que funcionaron hace cincuenta o setenta años difícilmente bastarán para enfrentar los desafíos de la actualidad.
La economía que conocieron nuestros padres estaba basada principalmente en la producción industrial y agrícola. Hoy, las regiones más competitivas del mundo prosperan sobre otros pilares: conocimiento, innovación, talento humano, servicios especializados y calidad de vida.
Eso obliga a replantear la forma en que pensamos el futuro de Barahona.
No se trata de renunciar a nuestra historia ni de ignorar los aportes de quienes construyeron la provincia que heredamos. Se trata de comprender que ninguna sociedad avanza mirando únicamente por el espejo retrovisor.
Las ciudades y regiones exitosas no viven del recuerdo de lo que fueron. Construyen constantemente lo que aspiran a ser.
Existe otra realidad que pocas veces analizamos con la profundidad necesaria.
Muchas de las familias que contribuyeron al desarrollo económico, cultural y social de Barahona terminaron emigrando. Sus hijos y nietos hoy viven en Santo Domingo, Santiago, Estados Unidos, Europa y otros lugares del mundo.
La razón es sencilla.
Cuando disminuyen las oportunidades, el talento busca nuevos horizontes.
Por eso, el gran desafío de nuestra generación no consiste únicamente en evitar que los jóvenes se marchen. Consiste en crear las condiciones para que algún día quieran regresar.
Las regiones que logran atraer de vuelta a su capital humano son aquellas capaces de ofrecer oportunidades reales de crecimiento profesional, emprendimiento, bienestar y desarrollo familiar.
Recuerdo una conversación con mi padre a principios de los años noventa.
Había contado las copiadoras existentes en la ciudad: eran doce.
Su conclusión fue simple:
«No quiero ser el número trece.»
Su propuesta consistía en instalar dos máquinas para ofrecer un servicio más rápido que el resto.
Con el paso del tiempo comprendí que aquella conversación nunca trató sobre copiadoras.
Trataba sobre innovación.
También recuerdo cuando me decía:
«Si una copia sale con una raya, rómpela. No te están pagando para que admitas errores.»
O cuando decidió abrir al mediodía porque todos los demás negocios cerraban.
Detrás de esas decisiones existía una filosofía empresarial sencilla pero poderosa: mejorar continuamente.
Y esa sigue siendo una de las principales claves del desarrollo.
Hoy sabemos que las personas no compran únicamente productos.
Compran confianza.
Compran experiencias.
Compran valor.
Las ciudades funcionan exactamente igual.
No compiten únicamente mediante carreteras, edificios o infraestructuras físicas. Compiten por atraer talento, inversiones, visitantes y nuevas oportunidades.
La calidad de los servicios, la eficiencia institucional, la seguridad, el entorno urbano y la identidad cultural se han convertido en factores decisivos para el desarrollo económico.
Por ello, el futuro de Barahona no dependerá exclusivamente de nuevas obras públicas.
Dependerá también de nuestra capacidad para innovar, organizarnos y ofrecer mejores experiencias a quienes viven, invierten o visitan la provincia.
Las investigaciones de economistas como Daron Acemoglu, Simon Johnson y James Robinson han demostrado que las sociedades más prósperas son aquellas que construyen instituciones inclusivas capaces de generar confianza, oportunidades e innovación.
Las instituciones importan porque crean reglas claras, reducen la incertidumbre y facilitan la inversión.
Sin confianza no hay desarrollo sostenible.
Sin instituciones fuertes no existe crecimiento duradero.
Pero tampoco basta con exigir soluciones al Estado.
Los empresarios también tenemos responsabilidades.
Durante mucho tiempo hemos pensado que el consumidor debe apoyarnos simplemente por ser negocios locales.
La realidad es distinta.
Somos nosotros quienes debemos ganarnos su confianza cada día.
Las empresas más exitosas del mundo comprendieron una verdad fundamental: no venden únicamente productos o servicios; diseñan experiencias capaces de generar valor y fidelidad.
Ese cambio de mentalidad transforma completamente las reglas del juego.
La competitividad comienza cuando entendemos que la excelencia no es una opción, sino una obligación.
Mientras muchas sociedades enfrentan el envejecimiento poblacional como un problema, Barahona podría convertir esa tendencia en una ventaja estratégica.
Nuestro clima privilegiado, nuestros paisajes, la riqueza natural, la tranquilidad relativa y la calidad ambiental ofrecen oportunidades para desarrollar una economía vinculada al bienestar, el retiro activo, los servicios especializados de salud, el turismo sostenible y las actividades orientadas a una mejor calidad de vida.
Son oportunidades que hace apenas unas décadas no existían o no tenían la relevancia económica que poseen hoy.
Pero aprovecharlas requerirá planificación, visión y liderazgo.
El desarrollo nunca ocurre por accidente.
Ocurre cuando una sociedad identifica sus ventajas, organiza sus recursos y construye una visión compartida de futuro.
Y para lograrlo debemos abandonar una costumbre que durante demasiado tiempo nos ha acompañado.
La nostalgia.
La nostalgia es útil para comprender el pasado.
Es valiosa para preservar la memoria.
Es importante para fortalecer la identidad.
Pero no constituye una estrategia de desarrollo.
Las regiones que prosperan son aquellas que estudian su historia, entienden su presente y diseñan deliberadamente su futuro.
Barahona posee activos extraordinarios: mar, montañas, biodiversidad, cultura, talento humano, ubicación estratégica e identidad propia.
Lo que necesita es una visión colectiva capaz de convertir esos activos en oportunidades reales para las próximas generaciones.
La generación que construyó la Barahona del siglo pasado hizo lo que le correspondía con las herramientas de su tiempo.
Ahora nos corresponde a nosotros hacer lo mismo.
No para repetir su historia.
Sino para escribir una nueva.
Porque el futuro de Barahona no será heredado.
Será construido.




























