Tomás Aquino Méndez
La interrogante que da título a estas expresiones sobre eliminando pobreza me llegó al observar una serie de reportajes transmitidos en el programa Objetivo 5, que produce Geraldino González a través del canal de Telemicro.
El periodista Junior Trinidad, quien presentó este retrato humano y conmovedor, nos puso a reflexionar sobre los discursos que escuchamos cada día acerca de eliminando pobreza y de la supuesta reducción de la pobreza en el país.
La pregunta surge inevitable: ¿Cómo es posible que a apenas 80 kilómetros del centro del poder existan comunidades donde eliminando pobreza parece un discurso lejano?
En esas comunidades, hombres y mujeres siguen viviendo en chozas levantadas con ramas y yaguas. Personas que no usan calzados. Coterráneos que no saben leer ni escribir.
Dominicanos que duermen en camas improvisadas con trozos de madera. Familias que cuecen sus alimentos con leña, utilizando fogones de piedra.
Por las noches se alumbran con cuaba, una madera que las nuevas generaciones casi no conocen y que está prácticamente en extinción.
Todo esto ocurre mientras escuchamos discursos oficiales que hablan de eliminando pobreza en la República Dominicana.
En esos parajes habitan cerca de 200 dominicanos que, en muchas ocasiones, apenas logran comer una vez al día.
Debemos reconocer el gesto solidario de Juan de Dios Soto, quien ha contribuido a que esta realidad salga a la luz pública.
A estas familias, sencillamente, nunca ha llegado la mano del Estado. Y aunque allí falta prácticamente todo, ninguno de sus habitantes recibe programas sociales como Supérate, ni los conocidos bonos de gas o de energía eléctrica.
Mientras se habla de eliminando pobreza, estos dominicanos permanecen totalmente invisibles para el sistema.
Para llegar hasta esas comunidades es necesario recorrer caminos que han sido construidos únicamente por los pies descalzos de sus habitantes.
El acceso solo es posible caminando o montado en mulos alquilados por 800 o mil pesos diarios.
Las viviendas tienen pisos de tierra y están construidas por sus propios moradores con yaguas, ramas de árboles y trozos de madera, evocando inevitablemente las chozas en las que habitaban nuestros aborígenes.
Se trata de dominicanos que viven sin agua potable, sin carretera, sin escuela, sin hospital, sin energía eléctrica, sin servicios básicos. Sin nada.
Mientras tanto, organismos nacionales e internacionales anuncian planes y estrategias orientadas a eliminando pobreza, incluso con fechas y metas definidas.
He recorrido muchos parajes y secciones de la región Suroeste. He visto a numerosas familias viviendo en condiciones de pobreza.
Pero el drama humano de Las Lanas y Las Yayas, ubicadas en las montañas de San José de Ocoa y Peravia, resulta difícil de dimensionar.
Confieso que no imaginaba que en nuestro país existiera un lugar con estas condiciones de abandono.
Por eso valoro el gesto solidario de quienes, como Juan de Dios Soto, han decidido llevar ayuda a esos dominicanos olvidados.
Ojalá estas expresiones sirvan para que los organismos solidarios del gobierno rompan el aislamiento y la miseria en que viven esos compatriotas.
Porque si realmente queremos hablar de eliminando pobreza, debemos mirar más allá de los barrios del Gran Santo Domingo.
La pobreza no se elimina solo donde hay visibilidad política o mediática.
También se elimina llegando a las montañas olvidadas del país, donde aún hay dominicanos esperando que la promesa de eliminando pobreza deje de ser discurso y se convierta en realidad.



























