Tomás Aquino Méndez
Creo que el presidente Luis Abinader quiere salir del gobierno sin manchas, sin cuestionamientos y dejando un ejemplo de total transparencia. Ese propósito, sin embargo, no se logra de manera individual ni automática.
Quienes lo acompañan en la gestión pública deben adherirse con firmeza a ese objetivo. Me atrevo a sugerir que los funcionarios que están siendo designados en distintas posiciones se revistan de honestidad, entrega y compromiso con la ética pública.
Por esa razón, deberían iniciar sus gestiones auditando las instituciones que reciben y decirle al país con claridad lo que encuentran. De ese modo, cuando llegue el momento de salir, también se sabrá con precisión lo que dejan. La transparencia y la honestidad del presidente, hasta ahora, nadie las cuestiona.
No obstante, si algunos de sus funcionarios se involucran en acciones corruptas, le colocan una mancha inevitable a su gestión. No basta con que el mandatario enarbole la bandera de la transparencia ni que repita cada día su deseo de gobernar con honestidad.
Esas consignas podrían quedarse solo en palabras si quienes lo acompañan no siguen la misma ruta. Nadie pudo, ni siquiera después de su muerte, acusar de corrupto al fenecido expresidente Joaquín Balaguer. Sin embargo, él mismo tuvo que admitir en más de una ocasión que existían corruptos en su gobierno.
Incluso llegó a decir que “la corrupción se detenía en la puerta de su despacho”. Esa mancha, aunque no se pegó a su traje personal, sí quedó adherida a su gestión administrativa.
Si quienes acompañan a Luis Abinader desean que la bandera de la transparencia se mantenga levantada y libre de manchas, tienen que hacer y demostrar más de lo que dicen.
Viene entonces a la memoria aquella frase atribuida a Julio César, cuando fue cuestionada la conducta de su esposa: “La mujer del César no solo tiene que ser honesta, sino también parecerlo”.


























