Niwton Lebrón
Hoy reflexionamos sobre un tema que atraviesa generaciones y culturas: la avaricia.
En el Nuevo Testamento, la palabra proviene del griego pleonexía, que literalmente significa “el deseo de tener más”. Es una actitud del corazón que nunca se siente satisfecha; siempre anhela más, sin importar cuánto posea.
De hecho, para la psicología, la avaricia es la incapacidad para controlar o poner coto a la formulación de deseos, a pesar de que las necesidades de base que los motivan se encuentren ya satisfechas. Este tipo de conductas conducen al acaparamiento y a la acumulación, presentes en trastornos psicológicos como la disposofobia (síndrome de acumulación compulsiva).
La avaricia se manifiesta como un deseo desmedido de acumular bienes materiales. Quien la padece no se conforma con lo que tiene y, en su obsesión, puede llegar a mentir, sobornar o incluso dañar a otros con tal de conseguir más. Desde la mirada bíblica, este pecado va más allá de una simple ambición: es una idolatría del dinero, pues coloca la confianza en las riquezas en lugar de en Dios.
En otras palabras, la avaricia hace que la persona ame las cosas materiales más que a Dios o al prójimo, poniendo su confianza en lo que posee.
El apóstol Pablo lo resume con fuerza en su carta a los Colosenses:
“…la avaricia, que es idolatría.”
Colosenses 3:5 (RVR60)
A continuación veremos cómo la biblia presenta la avaricia:
1) La raíz de todos los males
La Escritura es clara al señalar las consecuencias del amor desordenado por el dinero:
“Porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores.”
1 Timoteo 6:10 (RVR60)
Pablo no condena el dinero, sino la actitud del corazón. El peligro surge cuando las riquezas reemplazan la fe y la dependencia de Dios. En otra palabras cuando ponemos la confianza en el dinero
2) La avaricia como idolatría
“Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros… y la avaricia, que es idolatría.”
Colosenses 3:5 (RVR60)
El dinero puede convertirse en un falso dios cuando ocupa el lugar central en la vida del ser humano. En ese punto, deja de ser un recurso y se convierte en un amo. No permitamos que el dinero sea un amo sino un medio como recurso.
3) Una advertencia de Jesús
Jesús también advirtió sobre este peligro con palabras firmes:
“Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.”
Lucas 12:15 (RVR60)
En este pasaje, Cristo nos recuerda que el verdadero valor de la vida no se mide por las posesiones, sino por nuestra relación con Dios. La parábola del rico insensato ilustra perfectamente esta verdad: quien acumula tesoros para sí, pero descuida su alma, termina perdiéndolo todo.
4) Un obstáculo para el Reino de Dios
“Ningún fornicario, o inmundo, o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios.”
Efesios 5:5 (RVR60)
La avaricia no solo daña las relaciones humanas, sino que también separa al hombre de su destino eterno. Un corazón dominado por las riquezas no puede rendirse al señorío de Cristo.
5) El remedio: contentamiento y confianza
La Biblia ofrece un camino claro para vencer la avaricia:
“Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.”
Hebreos 13:5 (RVR60)
La gratitud y el contentamiento son el antídoto contra el deseo insaciable. Quien confía en la fidelidad de Dios aprende a vivir con paz, sabiendo que nada le faltará.
Conclusión
La avaricia promete seguridad, pero solo produce vacío. La verdadera riqueza se encuentra en una vida centrada en Dios, en el agradecimiento y en la generosidad. Aprendamos, pues, a dar gracias por lo que tenemos, porque en la gratitud encontramos libertad y plenitud.
*Autor es pastor evangélico y periodista



























