Felipe Lora Longo
Me confieso conmovido.
No todos los días un atleta de talla olímpica tiene que escribir un manifiesto para demostrar que es dominicano. Sin embargo, eso ocurrió. Un deportista que ha representado con orgullo la bandera de la República Dominicana se vio obligado a responder a quienes pretendieron despojarlo de su identidad por el color de su piel.
Ese hecho dice mucho más sobre nuestra sociedad que sobre el propio atleta.
Su respuesta fue sencilla y contundente: ser dominicano no depende del color de la piel, de los apellidos ni del origen de los padres. Depende del compromiso con esta tierra, del trabajo cotidiano y del amor por el país.
No debería hacer falta decir algo tan evidente. Pero el clima de intolerancia que algunos han promovido obliga a repetirlo.
El racismo que hoy aflora en ciertos sectores no es únicamente el problema de un pequeño grupo de fanáticos. Es el síntoma de una sociedad a la que, durante demasiado tiempo, le han enseñado a buscar enemigos entre los pobres, mientras los verdaderos responsables de la desigualdad permanecen, desde cómodas oficinas, fuera del centro del debate público.
Patriotismo o prejuicio
Hay quienes confunden el patriotismo con el desprecio hacia el vecino.
Se arropan con la bandera, proclamando que la nación que imaginan es la preferida de Dios y de Jesucristo, mientras insultan al trabajador haitiano que corta la caña que endulza su café, construye edificios, cultiva nuestros campos o realiza muchos de los trabajos que ellos no quieren —o quizá no podrían— desempeñar.
Pero el patriotismo nunca ha consistido en odiar al extranjero.
La República Dominicana no puede entenderse sin su herencia africana, sin el mestizaje y sin la historia compartida con el resto del Caribe. Pretender lo contrario no es defender la identidad dominicana; es negar nuestra propia historia.
Además, resulta mucho más cómodo culpar al inmigrante que preguntarse por qué seguimos teniendo una educación deficiente, salarios insuficientes, corrupción estructural y una economía que obliga cada año a miles de dominicanos a emigrar en busca de oportunidades, mientras favorece la concentración de riquezas en pocas manos.
El racismo termina convirtiéndose en una cortina de humo. Mientras discutimos sobre el color de la piel, dejamos de hablar del modelo económico que deteriora el medio ambiente, contamina ríos, amplía la desigualdad y empuja a miles de personas a la migración.
La gran contradicción
Existe una enorme contradicción que rara vez se menciona.
Millones de dominicanos han hecho exactamente lo mismo que millones de haitianos, mexicanos, hondureños o venezolanos: emigrar para buscar una vida mejor.
No abandonaron su país por capricho. Lo hicieron porque aquí no encontraron suficientes oportunidades para vivir con dignidad.
Las remesas que sostienen una parte importante de la economía nacional son el fruto del esfuerzo de esos emigrantes dominicanos. Son hombres y mujeres que limpian hoteles, construyen carreteras, trabajan en hospitales, conducen camiones, cosechan alimentos y desempeñan miles de oficios en Estados Unidos, España y otros países.
Su trabajo merece respeto.
Exactamente el mismo respeto que merece el trabajador haitiano que realiza labores similares en territorio dominicano.
El migrante cambia de geografía, pero no pierde su dignidad.
El odio divide a quienes deberían estar unidos
Resulta paradójico que algunos dominicanos desprecien al inmigrante haitiano mientras celebran que sus hijos emigren a Estados Unidos.
En ambos casos se trata de trabajadores que dejan atrás su hogar buscando las oportunidades que sus países no pudieron ofrecerles.
Por eso el racismo termina siendo funcional al sistema.
Mientras trabajadores dominicanos y haitianos desconfían unos de otros, quienes concentran el poder económico continúan beneficiándose de una mano de obra barata y de pueblos divididos.
La historia demuestra que el odio nunca ha resuelto los problemas sociales. La solidaridad, en cambio, ha permitido a los pueblos conquistar derechos y avanzar hacia sociedades más justas.
Una patria más grande
Las palabras del atleta deberían invitarnos a una reflexión profunda.
La grandeza de un país no se mide por el color de la piel de sus ciudadanos ni por la capacidad de levantar muros.
Se mide por su compromiso con la justicia, la igualdad y la dignidad humana.
El verdadero enemigo de la República Dominicana no es el trabajador haitiano.
Tampoco el enemigo del trabajador estadounidense es el inmigrante dominicano.
Los pueblos no son enemigos entre sí.
Comparten, muchas veces, las consecuencias de un mismo modelo económico que concentra la riqueza en pocas manos y obliga a millones de personas a emigrar para sobrevivir.
Por eso combatir el racismo no significa renunciar al derecho soberano de un país a ordenar su política migratoria. Significa rechazar el odio como instrumento político y reconocer la humanidad de quienes, igual que nosotros, buscan una oportunidad para vivir con dignidad.
La patria se fortalece cuando construye justicia.
Se debilita cuando convierte al más vulnerable en el chivo expiatorio de problemas que tienen causas mucho más profundas.
La lección que nos deja este atleta es sencilla y poderosa.
El corazón no tiene color.
Y una nación que olvida esa verdad corre el riesgo de perder mucho más que su humanidad: corre el riesgo de perder su futuro.





























