Felipe Lora Longo
“La defensa de Cuba es una causa latinoamericana. Es una causa del Sur global. Es una causa de toda la humanidad”.
Hay momentos en la historia en los que el silencio cómplice se convierte en crimen. Este es uno de esos momentos. Mientras el mundo mira hacia otros conflictos, una pequeña isla del Caribe está siendo sometida a una de las operaciones de asfixia económica más largas, sistemáticas e ilegales de la historia moderna. Hablamos de Cuba. Hablamos de una nación que, desde 1959, ha decidido sostener un proyecto soberano frente a enormes presiones externas.
Y hoy, ese pueblo está al límite.
El bloqueo económico, comercial y financiero contra Cuba no es una política de presión diplomática. Es una guerra no declarada contra una población civil. Los números lo confirman: según el canciller Bruno Rodríguez Parrilla, entre marzo de 2024 y febrero de 2025 los daños superaron los 7,556 millones de dólares, lo que representa un incremento significativo respecto al período anterior.
Estas no son cifras abstractas. Son hospitales sin insumos, medicamentos limitados, sistemas eléctricos en crisis y una economía restringida. El bloqueo impacta directamente en la calidad de vida del pueblo cubano.
El carácter extraterritorial del bloqueo contra Cuba agrava aún más la situación. Bancos y entidades internacionales evitan operar con la isla por temor a sanciones, lo que limita el comercio, la inversión y el acceso a recursos esenciales.
Esta política no es nueva, pero sí persistente. Desde el triunfo de la Revolución, Cuba ha sido objeto de una estrategia de presión continua. Sin embargo, también ha demostrado una notable capacidad de resistencia.
A pesar de las limitaciones, Cuba ha logrado avances significativos en salud y educación, convirtiéndose en referente en cooperación médica internacional. Esa vocación solidaria ha sido una de sus principales cartas de presentación ante el mundo.
Pero hoy, esa misma Cuba necesita solidaridad.
Aquí está el punto central que no puede ignorarse: Cuba cae, caemos todos. No se trata solo de un asunto interno, sino de un precedente global. Lo que ocurre con Cuba envía un mensaje claro sobre las relaciones de poder en el mundo.
La Asamblea General de las Naciones Unidas ha condenado el bloqueo durante más de tres décadas consecutivas, con un respaldo abrumador de la comunidad internacional. Sin embargo, estas resoluciones no han logrado modificar la política que mantiene la presión sobre la isla.
El debate trasciende a Cuba. Se trata de soberanía, autodeterminación y justicia internacional. Si un país puede ser sometido durante décadas a restricciones económicas sin consecuencias para quienes las imponen, entonces ningún país está completamente a salvo.
Por eso, defender a Cuba es también defender principios universales. Es defender el derecho de los pueblos a construir su propio destino sin imposiciones externas.
La solidaridad no puede quedarse en el discurso. Debe traducirse en acciones concretas: cooperación, intercambio, apoyo en foros internacionales y respaldo a iniciativas que alivien las condiciones de vida del pueblo cubano.
Más del 80 % de los ciudadanos cubanos ha vivido bajo estas restricciones. Generaciones completas han crecido en un contexto de limitaciones estructurales que no pueden analizarse sin tomar en cuenta este escenario.
El mundo tiene ante sí una decisión: ignorar o actuar.
Porque lo que está en juego es mucho más que una isla. Es el modelo de relaciones internacionales que queremos construir.
Porque, en definitiva, Cuba cae, caemos todos: cae la soberanía, cae la posibilidad de modelos alternativos y cae la esperanza de un mundo más justo.
Cuba debe resistir. Y resistirá.
Porque su historia está marcada por la dignidad. Y porque su permanencia representa, para muchos pueblos, una señal de que aún es posible sostener principios frente a la adversidad.
Hoy más que nunca, la consigna cobra sentido:
No al bloqueo.
No a la asfixia económica.
No a la imposición.
Que viva Cuba soberana.
Que viva la solidaridad entre los pueblos.
Y que viva la esperanza de un mundo más justo.


























