Maleza, nichos agrietados, basura y varillas expuestas. Así reciben hoy a los visitantes los cementerios del municipio, espacios que deberían ser sagrados, pero que evidencian años de descuido.
El más antiguo, el Cementerio María Montez, fundado en 1922, luce saturado y golpeado por el entorno del mercado público. El segundo, el Cementerio Don Américo Melo, inaugurado en 1991 en terrenos donados por Américo Melo, tampoco escapó al deterioro ni a la falta de planificación ante el crecimiento poblacional.
Ambos comparten el mismo diagnóstico: abandono acumulado por décadas.
Familiares evitan hablar públicamente, pero la indignación es evidente. “Se ha perdido el respeto a nuestros muertos”, comenta en voz baja una visitante.
El alcalde Míctor Emilio Fernández de la Cruz anunció una intervención junto a la Liga Municipal Dominicana con una inversión de RD$11 millones. Sin embargo, para muchos munícipes la pregunta es inevitable: ¿por qué esperar a que el deterioro sea crítico para actuar?
La realidad es que el problema no comenzó ahora. Varias gestiones municipales pasaron sin ejecutar un plan integral que garantizara mantenimiento permanente y previsión ante la saturación.
Mientras tanto, obreros informales sobreviven limpiando y pintando nichos por encargo de las familias. El abandono también creó su propia economía.
La intervención anunciada podría marcar un punto de inflexión. Pero si no se acompaña de supervisión continua y planificación real, será apenas otro parche en una historia repetida.
Porque en Barahona, incluso la memoria parece estar en lista de espera.


























