Germán Marte
Bien lo resume un viejo refrán popular: “a según el maco, va la pedrá”. Y pocas expresiones describen mejor la forma selectiva en que se invoca hoy la democracia en el escenario internacional.
Desde ayer y hasta el próximo jueves se celebra en Dubái la Cumbre Mundial de Gobiernos 2026, un evento que reúne a 35 jefes de Estado, 150 gobiernos y más de 500 ministros, donde se discuten temas como inteligencia artificial, turismo, comercio, educación y crecimiento sostenible. Sin duda, una cita de alto nivel y gran relevancia global.
El discurso democrático en terreno ajeno
En ese contexto, el presidente dominicano Luis Abinader participó en un panel junto al chairman y CEO del grupo logístico global DP World, Sultán Ahmed bin Sulayem, y otros líderes empresariales internacionales. Allí destacó las ventajas estratégicas de invertir en la República Dominicana, apoyándose en su ubicación geográfica y estabilidad macroeconómica.
Sin embargo, Abinader también hizo referencia al compromiso del país con la democracia, expresando su esperanza de que los procesos de transición política en la región contribuyan a la estabilidad y al desarrollo económico del hemisferio. El mensaje parecía dirigido, sin demasiadas sutilezas, a Venezuela y Cuba.
El detalle llamativo es el escenario: los Emiratos Árabes Unidos, donde la democracia, sencillamente, no existe.
Prosperidad sin democracia
Los Emiratos Árabes Unidos no son una democracia imperfecta ni una democracia en construcción. Son una federación de siete monarquías hereditarias: Abu Dabi, Dubái, Sharjah, Ajman, Umm al-Qaywayn, Fujairah y Ras al-Khaimah.
Es innegable que estos Estados han alcanzado un notable desarrollo económico, tecnológico y una fuerte influencia global. Su modelo combina autoritarismo político, monarquía hereditaria y prosperidad económica, sostenida no solo por los hidrocarburos, sino también por el comercio, el turismo y los servicios financieros.
Pero conviene decirlo sin rodeos: no hay democracia, no hay libertad de prensa plena, ni partidos de oposición, ni elecciones libres, ni garantías políticas comparables a las exigidas en otros países. Hay abundancia de recursos, sí, pero cero democracia.
Sanciones selectivas y silencios convenientes
Ante esta realidad, surge una pregunta inevitable:
¿Por qué no existen sanciones, embargos ni presiones internacionales contra estas monarquías?
¿Por qué no se habla de asfixiarlas económicamente para “restaurar la democracia”, como ocurre con Cuba, Venezuela o Irán?
La respuesta parece tan simple como cínica: “son malos, pero son nuestros malos”. Son aliados estratégicos, centros financieros y socios comerciales clave, y eso los coloca fuera del radar moral de las grandes potencias.
Resulta evidente que la democracia se defiende con criterios geopolíticos, no con principios universales.
Coherencia ausente en el discurso global
Abinader fue, curiosamente, uno de los pocos —o quizás el único— que habló de democracia en ese escenario. Y aunque el mensaje tenía destinatarios claros, el contexto lo desnudó por completo.
Si somos honestos, nadie en Occidente —ni Donald Trump, ni Emmanuel Macron, ni líderes latinoamericanos— se atrevería a exigirle a estas dinastías elecciones libres, pluralismo político o prensa independiente. No lo hacen porque no conviene hacerlo.
Y aquí es donde el discurso pierde legitimidad.
Democracia “asigún”
No soy partidario de que un país imponga a otro su sistema de gobierno. El derecho a la autodeterminación de los pueblos debe respetarse, incluso cuando no nos guste el modelo político adoptado.
Pero lo que sí resulta insostenible es la doble moral con la que se invoca la democracia y se aplican sanciones. Cuando conviene, se convierte en bandera moral; cuando no, se guarda en el bolsillo.
Este episodio demuestra, una vez más, que en el tablero internacional la democracia y las sanciones se aplican “asigún”:
asigún el aliado,
asigún el interés,
asigún la conveniencia.






























