Benny Rodríguez
Tener razón no siempre significa poseer la verdad. Y convencer tampoco implica necesariamente que el argumento sea justo. Esa es, quizá, una de las ideas más provocadoras que plantea el filósofo alemán Arthur Schopenhauer en su obra El arte de tener razón, un breve pero incisivo tratado sobre las estrategias que las personas utilizan para imponerse en una discusión.
Schopenhauer no escribió ese texto para enseñar a manipular, como algunos podrían suponer. Su propósito fue más bien desnudar las trampas del debate humano. En sus páginas describe 38 estratagemas que suelen emplearse para ganar una discusión incluso cuando no se tiene razón.
En muchas discusiones, el objetivo no es encontrar la verdad, sino salir victorioso.
Y lo inquietante es que esas tácticas siguen tan presentes hoy como cuando fueron descritas por el filósofo alemán. Basta observar cualquier debate político, cualquier intercambio en redes sociales o incluso cualquier discusión cotidiana para advertir que el llamado arte de tener razón continúa plenamente vigente.
Para Schopenhauer, discutir muchas veces se parece más a una batalla que a un ejercicio de razonamiento. En lugar de intentar comprender al otro, lo que muchas personas buscan es derrotarlo.
En ese escenario aparecen recursos conocidos: desviar el tema, exagerar el argumento del contrario, desacreditar a la persona en lugar de responder a la idea o repetir una afirmación hasta convertirla en una supuesta verdad.
El debate deja de ser un espacio para pensar y se convierte -entonces- en un escenario para imponerse.
Lo curioso es que estas prácticas no surgieron con las redes sociales ni con la política moderna. Schopenhauer las describió hace más de un siglo, mucho antes de la televisión, de los debates electorales transmitidos en vivo o de las plataformas digitales donde cada opinión encuentra eco inmediato.
Sin embargo, en la actualidad estas dinámicas parecen haberse intensificado. El problema aparece cuando el debate deja de ser una búsqueda colectiva de soluciones y se transforma en una competencia por demostrar quién tiene la última palabra.
En ese momento, tener razón deja de depender de la solidez de los argumentos y pasa a depender de la habilidad para manejar la retórica.
Cuando el orgullo entra en la discusión, la verdad suele quedar relegada.
Schopenhauer advertía que muchas personas defienden su postura incluso cuando saben que es equivocada, simplemente porque admitirlo sería interpretado como una derrota. Y ahí comienza el verdadero conflicto: el orgullo termina sustituyendo al pensamiento crítico.
En sociedades como la nuestra, donde el debate público suele estar marcado por la polarización, esta reflexión resulta sorprendentemente actual. Hoy vemos discusiones donde los hechos importan menos que la narrativa, donde la emoción pesa más que la evidencia y donde la capacidad de descalificar al adversario se confunde con inteligencia.
Las redes sociales han amplificado ese fenómeno hasta convertir muchas discusiones en espectáculos públicos.
Cada conversación puede transformarse en un escenario donde lo importante no es comprender al otro, sino aparecer como vencedor ante una audiencia que aplaude o condena con un simple clic.
Por eso el libro El arte de tener razón sigue siendo útil. No para aprender a manipular, sino para reconocer cuándo alguien intenta hacerlo.
Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea dominar el arte de tener razón, sino recuperar algo mucho más escaso: el arte de escuchar.
Aceptar que nadie posee la verdad absoluta es un buen comienzo. Reconocer que el otro puede tener una parte de razón es un paso aún más difícil, pero también más necesario.
Porque ganar una discusión puede producir satisfacción momentánea, pero comprender la verdad siempre será más valioso que derrotar al adversario.
Y esa es, quizás, la enseñanza más vigente que todavía resuena en las páginas de Schopenhauer.
Autor, periodista de formación, egresado de la Escuela de Comunicación de la UASD e Instituto Internacional de Periodismo «José Martí», La Habana, Cuba, exsecretario general CDP, Adompretur

































