Oscar López Reyes
La mundología de la comunidad LGBTIQ+ ha estado de pláceme desde principios del siglo XXI, impulsada por una mayor visibilidad y aceptación social —con particular incidencia en públicos infantiles y juveniles— en lo que podría describirse como una mini-revolución gai. Sin embargo, en el remolino de su entusiasta afán por la igualdad de derechos, entre 2017 y 2025 el proceso ha entrado en un giro de retroceso, dejando un saldo luctuoso que no puede ignorarse.
En un período de 16 años (2008-2024), más de cinco mil personas han sido ejecutadas como resultado de crímenes pasionales, homofobia y políticas estatales que criminalizan la orientación sexual con prisión perpetua o pena de muerte. La paradoja es evidente: mayor visibilidad global, pero también mayor resistencia estructural y violencia extrema.
Infancia, transgenerismo y controversia global
Uno de los ejes más controversiales de esta etapa ha sido la focalización del movimiento transgénero en la niñez, respaldada —según el autor— por corporaciones transnacionales y organismos internacionales. Se denuncia una narrativa que hipersexualiza tempranamente a los menores y les transfiere la carga de decidir su identidad sexual sin mediación familiar, educativa o psicológica.
El uso de personajes LGBTIQ+ en dibujos animados, caricaturas y productos culturales infantiles se presenta como educación en tolerancia, pero para amplios sectores sociales constituye una inducción temprana y riesgosa, con consecuencias emocionales difíciles de revertir.
¿Es odio disentir? ¿Es perversión cuestionar estas construcciones culturales? ¿O se ha impuesto una lógica binaria donde discrepar equivale a discriminar?
Datos, generaciones y expansión identitaria
Las estadísticas reflejan una expansión acelerada. Estudios demográficos indican que entre 1.6 % y 3.5 % de la población mundial se identifica como homosexual, mientras que en Estados Unidos la cifra alcanzó 9.3 % en 2025, según Gallup. En apenas once años, la visibilidad pública casi se triplicó.
Este crecimiento se concentra especialmente en las generaciones Millennials, Z y Alfa, influenciadas por la pornografía digital, redes sociales, celebridades, influencers y entornos de pares. Incluso, el fenómeno trasciende a la política, con mayor identificación dentro del Partido Demócrata que en el Republicano.
Entre aportes históricos y excesos contemporáneos
La historia universal registra filósofos, científicos, escritores y líderes homosexuales cuyas obras han contribuido al desarrollo humano. Ese legado es incuestionable. Sin embargo, el autor distingue entre ese aporte y la sobreactuación exhibicionista de sectores que —desde su óptica— erosionan la causa al convertirla en espectáculo, ruido y confrontación permanente.
La mini-revolución gai, aún en pañales, divide profundamente a la sociedad global. En 12 países se aplica la pena de muerte; en 60, la prisión. El rechazo se sustenta en la defensa de valores familiares, religiosos y culturales profundamente arraigados.
Retroceso del respaldo social y corporativo
El Ipsos Pride Report 2025 confirma un dato clave: la oposición a marcas que promueven activamente la agenda LGBTIQ+ aumentó de 16 % a 23 % entre 2021 y 2025. También cayó el apoyo al matrimonio igualitario y a la participación de atletas trans en competencias según identidad autopercibida.
Estos indicadores revelan un desgaste del consenso social, incluso dentro de las propias empresas y espacios laborales.
Polarización, castigo y dilema moral
La expansión simbólica del acrónimo LGBTIQ+ en música, cine, moda y lenguaje convive con una reacción severa en regiones como Medio Oriente, África, Asia y el Caribe, donde se refuerzan castigos extremos en nombre de valores ancestrales y religiosos.
Multas, prisión, terapias forzadas, flagelación y pena de muerte siguen siendo realidades. La irreversibilidad identitaria se plantea como una ruta sin retorno, mientras persiste la ausencia de evidencia científica que certifique procesos inversos.
Cierre necesario: dignidad sin violencia
El autor concluye que no desaparecerán los prejuicios mientras no se moderen conductas públicas que exacerban el rechazo social. No obstante, subraya una línea clara: ninguna diferencia justifica el odio, la crueldad ni la violencia.
Más allá de desacuerdos culturales o morales, toda persona merece un trato digno y respetuoso, sin vejaciones ni persecuciones irracionales.
Sobre el autor:
Oscar López Reyes es expresidente del Colegio Dominicano de Periodistas (CDP), vicepresidente de AdecomRD, presidente de Asodoprep y columnista en múltiples medios digitales
































