Casimiro Antonio Medina Féliz
Los sobrenombres en la historia dominicana han sido más que simples apodos: constituyen una ventana para comprender la relación entre clase social, poder político y cultura popular. A lo largo del devenir histórico del país, el lenguaje cotidiano ha dejado huellas profundas en la forma en que se identificó y percibió a quienes ejercieron el poder.
Tras el ajusticiamiento del presidente Ramón Cáceres, conocido como Mon, quien gobernó la República Dominicana entre 1906 y 1911, el país se sumergió en un período de inestabilidad política y violencia interna conocido como la Guerra de los Quiquises. En ese contexto, el joven santiaguero Alfredo Victoria logró concentrar el control del aparato militar, facilitando el ascenso de su tío, Eladio Victoria, a la presidencia de la República.
Este episodio no solo evidencia la fragilidad institucional del Estado dominicano en los inicios del siglo XX, sino que también revela rasgos sociales y culturales profundamente arraigados en quienes detentaban el poder. Juan Bosch, en sus análisis sobre la composición social dominicana, explicó que el uso de sobrenombres o apodos era una práctica común entre las clases pobres y muy pobres, como expresión de cercanía comunitaria, identidad popular y ausencia de los símbolos formales del prestigio social.
En ese sentido, el presidente Eladio Victoria era conocido popularmente como Quiqui, mientras que su sobrino Alfredo Victoria recibía el sobrenombre de Jacagua, vinculado a su lugar de origen. Estos nombres no oficiales reflejan el trasfondo social de sus portadores y evidencian la procedencia popular de muchos actores políticos del período.
Este patrón se repite si retrocedemos a la dictadura de Ulises Heureaux, conocido históricamente como Lilís; su vicepresidente Wenceslao Figuereo Cassó, llamado Manolao; o el general Pedro Pepín, conocido como Perico. Para Bosch, estos casos ilustran cómo sectores provenientes de capas sociales humildes lograron acceder al poder político sin que ello implicara una transformación estructural de la sociedad dominicana ni una ruptura con las élites económicas tradicionales.
Un ejemplo paradigmático es el de Rafael Leónidas Trujillo Molina. A pesar de haber consolidado un poder absoluto y una vasta fortuna personal y familiar, el sobrenombre Chapita remite a su origen social y a las dinámicas culturales propias de los sectores populares.
A este universo simbólico del lenguaje popular se suma una expresión ampliamente utilizada en la vida cotidiana dominicana de finales del siglo XIX y principios del XX: “preso por la guardia de Mon”, frase que sintetiza el vínculo entre autoridad, represión y memoria colectiva.
Los casos aquí señalados no son excepcionales, sino parte de una realidad histórica más amplia en la que lenguaje, clase social y poder se entrelazan de manera constante. Incluso en la actualidad, estas dinámicas continúan influyendo en la vida social y política dominicana.
Reflexionar sobre los sobrenombres y expresiones populares en la historia política nacional no debe conducir al juicio ligero ni a la burla histórica, sino a un ejercicio de comprensión crítica y respetuosa de nuestro pasado, reconociendo que las huellas del origen social no desaparecen con el ascenso al poder, sino que muchas veces se resignifican.
































