Néstor Estévez
La trampa que mejor funciona es precisamente la que no parece trampa.
El uso de internet se abrió al público como una gran promesa de libertad. Se presentó como una red abierta donde las personas podrían conectarse, conversar y compartir sin intermediarios. Durante los primeros años de expansión digital, la idea era seductora: más conexión significaba más comunidad, para seres que necesitamos vivir en comunidad.
Así llegaron los correos electrónicos, los foros y los blogs. Era un territorio nuevo donde cualquiera podía participar en la conversación pública. La tecnología facilitaba la interacción, pero no la dirigía.
Sin embargo, el escenario cambió. La investigadora neerlandesa José van Dijck explica que, en poco más de una década, pasamos de una comunicación en red a lo que denomina socialidad por plataformas.
Puede parecer un concepto técnico, pero la socialidad por plataformas describe una transformación profunda: nuestras relaciones ya no ocurren solo entre personas, sino dentro de sistemas diseñados para organizar, registrar y dirigir esas interacciones.
De la red abierta a la socialidad por plataformas
En la etapa inicial de internet, los usuarios decidían cómo utilizar las herramientas digitales. Crear grupos, intercambiar mensajes o compartir contenidos era un ejercicio relativamente autónomo. La tecnología era un medio.
Con la llegada de la web 2.0, plataformas como Facebook, Twitter y YouTube dejaron de ser simples canales. Se convirtieron en infraestructuras que moldean la interacción social.
Aquí aparece la socialidad por plataformas como arquitectura de la vida social. La diferencia es fundamental: la tecnología ya no solo conecta, sino que organiza y orienta la conversación.
Cuando cada clic se convierte en dato
Hace no tanto tiempo, conversar entre amigos o compartir una fotografía era un acto efímero. Hoy, en la lógica de la socialidad por plataformas, cada acción queda registrada, cuantificada y almacenada.
Lo que antes era pasajero ahora se convierte en dato. Cada “me gusta”, cada comentario y cada visualización alimentan sistemas algorítmicos que determinan qué vemos y qué no vemos. La socialidad por plataformas transforma la interacción humana en materia prima económica.
Amigos, seguidores y reacciones se convierten en métricas. La popularidad es cuantificable y, por tanto, manipulable. En esa transacción, muchas veces los usuarios terminamos siendo el producto.
La lógica invisible de la trampa
La socialidad por plataformas funciona porque prioriza lo inmediato, lo emocional y lo fácilmente compartible. Lo complejo pierde espacio. Lo reflexivo compite en desventaja frente a lo viral.
No se trata de demonizar las plataformas. Forman parte de la infraestructura social contemporánea. Influyen en cómo nos informamos, cómo construimos relaciones y cómo participamos en el debate público.
El problema no es su existencia, sino ignorar su lógica. La socialidad por plataformas implica que nuestras conversaciones ocurren dentro de estructuras privadas que determinan la visibilidad de los contenidos.
La pregunta necesaria
Comprender la socialidad por plataformas es el primer paso para no caer en la trampa.
Porque cuando la vida social se organiza en función de algoritmos, otros deciden qué circula, qué se amplifica y qué permanece invisible.
Y entonces la pregunta es inevitable:
¿Queremos que internet siga siendo un espacio de encuentro entre personas?
¿O aceptaremos, sin cuestionarlo, que la socialidad por plataformas termine programando nuestra vida social?


























