Xavier Carrasco
Los principales medios de comunicación nacionales se hicieron eco de un hecho alarmante: un maestro denunció ante la Fiscalía de Niños, Niñas y Adolescentes de Villa Juana haber sido agredido por varios estudiantes en el Liceo Juan Pablo Duarte, en el Distrito Nacional. Este suceso, más allá de su gravedad inmediata, revela una realidad más profunda vinculada a la crisis de autoridad educativa que atraviesa la sociedad dominicana.
El docente, identificado como Naony Anderson Solano, formalizó su denuncia tras relatar que, mientras planificaba sus labores en un pasillo, uno de los estudiantes tomó un zafacón y le lanzó los desechos al rostro. El agresor fue detenido, pero el hecho más inquietante no fue únicamente la agresión, sino la reacción posterior de su entorno familiar. Una hermana expresó que el joven “tiene su carácter, pero es bueno”.
Esta frase, aparentemente inofensiva, encierra una peligrosa normalización de la falta. Es malcriado, pero es bueno. Es irrespetuoso, pero es bueno. Agrede, pero es bueno. Se justifica la conducta, se suaviza la consecuencia y se diluye la responsabilidad. Así comienza la degradación progresiva de la autoridad.
Estamos frente a una generación que ha crecido bajo el paradigma cultural del “Na’ e’ na’” y el “To’ e’ to’”, donde nada tiene consecuencias reales y todo parece permitido. La figura del maestro ha perdido su rol como orientador moral, y la escuela ha dejado de ser un espacio de formación integral. En su lugar, ha emergido una cultura de complacencia donde el deber ha sido sustituido por el capricho.
La crisis de autoridad educativa no surge de manera espontánea. Es el resultado de transformaciones sociales, familiares y culturales acumuladas durante décadas. Muchos jóvenes hoy enfrentan dificultades para asumir responsabilidades básicas. La disciplina ha sido reemplazada por la inmediatez, el esfuerzo por la comodidad y el respeto por la confrontación.
En contraste, generaciones anteriores crecieron bajo principios distintos. La responsabilidad no era opcional, sino parte de la formación cotidiana. El trabajo temprano, el respeto a la autoridad y el cumplimiento del deber constituían pilares fundamentales de la construcción del carácter. No se trataba de privación, sino de aprendizaje.
Sin embargo, con la intención legítima de ofrecer mejores condiciones a sus hijos, muchos padres adoptaron un modelo basado en la sobreprotección. La frase “yo no quiero que mi hijo pase lo que yo pasé” se convirtió en una consigna generacional. Pero en ese intento de evitar el sufrimiento, también se evitó la formación del carácter.
En nombre del amor se evitó el esfuerzo. En nombre del progreso se debilitó la disciplina. En nombre de la comprensión se justificó la falta. Como consecuencia, se ha desarrollado una cultura donde los derechos son exigidos, pero los deberes son ignorados.
La inversión de roles es evidente. Antes, los hijos pedían permiso a los padres. Hoy, en muchos casos, los padres parecen pedir permiso a los hijos. Esta inversión debilita la estructura de autoridad que sostiene el equilibrio familiar y social.
Cuando la falta de consecuencias se normaliza, la crisis de autoridad educativa deja de ser un fenómeno aislado y se convierte en un patrón cultural. La permisividad se institucionaliza, el respeto se relativiza y la responsabilidad se diluye.
Una sociedad que no forma carácter en sus ciudadanos compromete su propio futuro. La autoridad no es sinónimo de represión, sino de orientación. La disciplina no es un castigo, sino una herramienta de crecimiento. El respeto no es una imposición, sino la base de la convivencia.
Cuando el “Na’ e’ na’” se convierte en ley no escrita y el “To’ e’ to’” se establece como norma social, el resultado es una sociedad debilitada en sus valores fundamentales. Por ello, es necesario revisar el modelo de formación familiar, educativa y social.
La solución no reside en la imposición arbitraria, sino en la recuperación del equilibrio entre derechos y deberes. Formar ciudadanos responsables no es una opción, sino una necesidad. Porque una nación que renuncia a formar carácter, renuncia también a su capacidad de sostener su propio destino.































