Xavier Carrasco
Platón (427–347 a. C.) concebía la política como el ejercicio del gobierno sustentado en el conocimiento del bien y la justicia. Para el filósofo griego, el poder debía reposar en manos de quienes comprendieran la verdad y tuvieran formación para gobernar.
Esta concepción, lejos de quedarse en la abstracción filosófica, nos remite a una idea concreta y vigente: la política es una ciencia y, como tal, exige lectura histórica, comprensión del contexto y capacidad de interpretar las realidades sociales.
En tiempos recientes ha ganado fuerza, especialmente en redes sociales y espacios de opinión, la tesis de una eventual división del Partido Revolucionario Moderno (PRM) con miras a las elecciones presidenciales de 2028. Estas conjeturas suelen apoyarse en paralelismos históricos que persiguen a los llamados “blancos”, evocando rupturas partidarias ocurridas en 1986, 1990, 2004 y 2012. Sin embargo, aunque la historia es una referencia obligada, sus circunstancias no siempre son replicables de manera automática.
Un examen detenido de esos episodios revela diferencias sustanciales con el escenario actual. Jacobo Majluta y José Francisco Peña Gómez no compartían la misma clase social; tampoco Jacobo Majluta y Salvador Jorge Blanco. Situaciones similares se produjeron entre Hatuey De Camps e Hipólito Mejía, y posteriormente entre Hipólito Mejía y Miguel Vargas Maldonado. Incluso en el caso más reciente del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), la ruptura entre Leonel Fernández y Danilo Medina fue fundamentalmente política, aun cuando ambos provenían de orígenes sociales semejantes.
En todos esos procesos, el elemento común fue la colisión de liderazgos fuertes incompatibles dentro de una misma estructura partidaria. Se trataba de contextos donde la lucha por el control absoluto del poder terminó imponiéndose sobre cualquier intento de cohesión interna.
El escenario que hoy se observa en el PRM es distinto. Los principales aspirantes presidenciales comparten una visión relativamente homogénea del poder y pertenecen, en términos generales, a una misma clase social. Este factor, a menudo subestimado en el análisis político, introduce un elemento de contención que reduce significativamente las probabilidades de una fractura.
Más allá de las diferencias personales o estratégicas, existe una conciencia común de intereses que actúa como freno a la división. A ello se suma un componente generacional determinante: se trata, en su mayoría, de liderazgos jóvenes, conscientes de que “todos pueden llegar”, pero no al mismo tiempo. A diferencia de generaciones anteriores, presionadas por el tiempo y el contexto histórico, los actores actuales cuentan con mayor margen para administrar la competencia interna sin necesidad de romper el partido.
Quien no comprenda esta lógica —muy cercana a la política entendida por Platón— terminará aprendiendo de la forma más elemental: cuando los hechos se imponen. La política, al final, siempre revela las verdades que algunos prefieren ignorar.
Desde esta perspectiva, pensar en una fractura del PRM similar a las del pasado resulta, cuando menos, apresurado. La unidad partidaria no siempre responde a afinidades ideológicas profundas, sino también a realidades materiales y de clase que condicionan el comportamiento político. Como ha señalado la sociología política clásica, las clases dominantes tienden a preservar sus espacios de poder antes que ponerlos en riesgo mediante confrontaciones internas irreversibles.
Tal vez por eso cobra vigencia aquella frase, sencilla pero contundente, que resume gran parte de este análisis:































