Xavier Carrasco
La decisión política más relevante de la semana estuvo marcada por la emisión de varios decretos que dispusieron cambios en distintas instituciones del Estado.
Movimientos de ministros, designaciones y traslados que, como es habitual en todo proceso político, generaron reacciones encontradas: respaldo en algunos sectores y rechazo en otros, incluso dentro de las propias filas del partido de gobierno, entre dirigentes, militantes y simpatizantes.
Estas reacciones no deben resultar sorprendentes. Todo cambio provoca resistencia, y en política esa resistencia suele expresarse con mayor intensidad. Sin embargo, lo cierto es que el gobierno necesitaba enviar una señal clara de renovación. Era una decisión necesaria y oportuna, especialmente para una administración que llegó al poder bajo la promesa del cambio, pero que en algunas posiciones mantenía figuras percibidas por amplios sectores como desgastadas o cuestionadas.
No obstante, más allá del valor simbólico de la renovación, la lectura política de algunos de estos movimientos obliga a una reflexión más profunda. Es imprescindible actuar con cautela al momento de colocar en posiciones estratégicas a personas cuya trayectoria no es política y que no muestran un compromiso real con el proyecto que hoy gobierna. La experiencia reciente demuestra que, en momentos de crisis, quienes solo se conciben como “técnicos”, sin arraigo ni lealtad política, suelen ser los primeros en abandonar el barco y, en no pocos casos, cruzar hacia la acera opuesta.
Esta preocupación no es nueva. Desde el año 2020, uno de los cuestionamientos más recurrentes al gobierno ha sido la limitada integración de cuadros políticos en áreas clave del Estado. Personas que, además de la capacidad profesional requerida, conocen la historia, el sacrificio y el trabajo político que hicieron posible la llegada de este proyecto al poder. En múltiples ocasiones, esos espacios han sido ocupados por individuos ajenos a esa realidad, desconectados de las bases y de la lucha que permitió consolidar las conquistas alcanzadas.
Sin lugar a dudas, el gobierno necesita renovarse. Requiere enviar un mensaje firme de relanzamiento, con nuevos actores, energías renovadas y rostros frescos. Pero esa renovación no puede ni debe ejecutarse al margen del plan, la visión y los objetivos que dieron origen a este proyecto político. Mucho menos poniendo en riesgo posiciones estratégicas que demandan no solo competencia técnica, sino también compromiso político y sentido de pertenencia.
Porque gobernar no es únicamente administrar recursos o ejecutar políticas públicas; gobernar es, ante todo, defender un proyecto. Y esa defensa solo puede recaer en quienes creen en él, lo sienten como propio y están dispuestos a sostenerlo incluso cuando no ocupan un cargo.
Al final, renovar no es simplemente cambiar nombres. Renovar es fortalecer convicciones para que el proyecto no pierda su rumbo ni su razón de ser.
































