Xavier Carrasco
Lo ocurrido en Venezuela marca un punto de quiebre histórico. El derrocamiento de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, anunciado y ejecutado bajo el liderazgo político de Donald Trump, no solo reconfigura el escenario interno venezolano, sino que rompe abiertamente las reglas del orden internacional vigente.
Trump no actuó con sutilezas. Justificó la intervención a Venezuela bajo el discurso del combate al narcotráfico, la restauración de la democracia y la supuesta “liberación” de un pueblo secuestrado por una dictadura. Para muchos venezolanos, dentro y fuera del país, la caída de Maduro representa el fin de un ciclo de miseria, represión y colapso institucional. Ese sentimiento existe, es comprensible y no puede ser ignorado.
Sin embargo, la forma importa, y ahí reside el verdadero problema.
Una acción indefendible desde el derecho internacional
Desde el punto de vista del derecho internacional, la intervención estadounidense resulta difícil de justificar. No hubo mandato del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, no se configuró una amenaza inminente que avalara la legítima defensa y, mucho menos, existe base legal para que un Estado anuncie que administrará transitoriamente a otro país soberano.
Esto no es una ambigüedad jurídica: es una violación directa de la soberanía venezolana y de los principios fundamentales de la Carta de la ONU.
Un precedente que debilita el orden mundial
El precedente que deja esta acción es profundamente peligroso. Si Estados Unidos puede derrocar un gobierno y asumir el control político de un país por decisión unilateral, ¿qué impide que otras potencias repliquen este modelo en el futuro?
El mensaje al sistema internacional es claro: la fuerza vuelve a imponerse sobre la ley.
El petróleo: el factor que no puede ignorarse
Venezuela no es solo una nación en crisis; es el país con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Pensar que esta intervención responde únicamente a motivos humanitarios sería, cuando menos, ingenuo.
La historia demuestra que, cuando Washington “rescata democracias”, los intereses estratégicos y económicos suelen acompañar el discurso político.
¿Transición democrática o dependencia externa?
¿Puede esta intervención abrir el camino a elecciones libres y estabilidad institucional? Es posible.
¿Puede también derivar en una ocupación encubierta, una dependencia prolongada y la pérdida de autodeterminación? También.
Ambos escenarios conviven hoy en la incertidumbre venezolana.
Una advertencia para América Latina
El derrocamiento de Maduro puede ser celebrado por sectores que anhelaban su salida del poder, pero el método empleado debilita el sistema internacional y deja a América Latina en una posición de mayor vulnerabilidad.
Hoy fue Venezuela.
Mañana podría ser cualquier otro país que incomode a una potencia global.
La pregunta que queda abierta
La discusión ya no gira en torno a si Maduro debía salir del poder.
La verdadera pregunta es:
¿A qué precio y bajo qué reglas estamos dispuestos a aceptar ese cambio?
































