Casimiro Medina
«Tantos éxitos sin golpes nos hacen olvidar la realidad de la vida”, como dijo Frank Rainieri.
Nunca es conveniente que un nuevo líder desarme a sus subordinados. Por el contrario, como aconseja Maquiavelo, si encuentra a su pueblo desarmado, debe armarlos. Yo, un inerme del poder terrenal, he corroborado que hay quienes, por su posición o influencia, pueden representar mayores riesgos, y por ello es necesario el blindaje.
Sin dudas, quien desarma a sus dependientes los ofende, llevándolos a pensar que se desconfía de ellos. Y no hay mayor pretexto para el pueblo que este, para llegar incluso a aborrecer a su gobernante.
Entonces, la existencia de fluctuaciones y sospechas hará posible la división de ese reino que, en colectividad, se ha logrado construir, dando paso a los enemigos poderosos —que aunque comen del pastel, enemigos son.
En la lógica simple de los hombres, un príncipe que vence los obstáculos es un príncipe exitoso, digno de exaltación y méritos. Es por eso que la fortuna —la cual representa un objetivo en todos los aspectos de la vida humana— es su legado, y a través de ella se alcanza la perpetuidad que enmarca a los hombres dentro de la historia.
Para llegar a ese punto, es crucial no crear inercia entre los aliados naturales, quienes deberían ser fuente de admiración. No podemos obviar que pueden ser leales, pero también rebeldes.
No existen hombres que, sin el favor ni la grandeza, se comprometan a ser absolutamente fieles. Siempre abunda el interés por el bienestar propio. Cito un ejemplo: en los barrios de nuestro país existe un concepto popular del hombre juicioso; si la familia a la que él debe cuidar y proteger está en buen estado, se dice que es porque la mujer eligió bien. Pero esto no significa que no viva en la jaula de oro que menciona Anthony Ríos.
Retomando el tema, no quiero decir que solo los aliados naturales deban ser considerados relevantes. También los “segundones” pueden ser tomados en cuenta, aunque no deben compararse con los naturales ni con los políticos principales.
Infaliblemente, caemos en la estupidez de no comprender el respeto que merece toda autoridad. Sin embargo, si algo hemos aprendido, es que ningún representante debe ser intocable cuando se trata de hacer justicia. Justicia justa, sin excepción.
Es necesario considerar que no es amigo quien nos pide neutralidad. O eres, o no eres. ¿O qué? También debemos comprender los sentimientos del ser que analizamos: siente, piensa, razona. No diré “pienso, luego existo”, pues no quiero caer en la pretensión de suplantar al gran Desiderio Erasmo… aunque, claro está, sin llegar a los elogios de la locura.
Y para no ser paladinamente grosero —como suelo serlo por las mañanas en la universidad, frente a doña Dalma— diré que los ministros, es decir, aquellos que toman decisiones y muchas veces son responsables de ayudarnos a mirar mejor el horizonte, deben recordar que la reputación de un líder depende, en gran medida, de quienes le rodean. Como dice la sabiduría popular dominicana: “Dime con quién andas y te diré quién eres”.
Por eso es importante aplicar lo que llamo la regla de los tres talentos: los primeros son sobresalientes, los segundos buenos, y los terceros absolutamente inútiles. Pero un verdadero líder debe ser sabio, y saber distinguir con precisión entre unos y otros.
Un ministro sabio y aplicado debe entregarse por completo a sus funciones. Jamás debe distraer la autoridad con sus asuntos particulares.
Esa es la única forma de construir una confianza noble y honrosa. En ese mismo sentido, no puedo —ni debo— entrar al terreno de los aduladores, ya que todos los que ejercen el poder deben mantenerse siempre alerta.
Es innegable que todos sentimos cierto amor por nosotros mismos, y eso a veces nos hace caer en la tentación de la adulación, olvidando los sabios consejos de Erasmo sobre la importancia de conocernos a nosotros mismos.
Gran error humano, ¿verdad? Lo que realmente debemos hacer es rodearnos de personas con conciencia y ciencia; hombres de conocimiento, justos y virtuosos. Son ellos quienes nos dirán la verdad sobre cualquier tema que esté en discusión. Porque, en definitiva, solo los hombres convencidos agradan; no así los aduladores y falsos.
Un ejemplo de esto fue Tomás Moro, quien perdió la vida por no complacer al rey Enrique VIII y a su nueva esposa, Ana Bolena. Escuchar a los lisonjeros y aduladores es, sencillamente, desviarse del camino del éxito, ese que solo se construye con entrega y sacrificio constante.
“Entre la soberbia que impide escuchar y la inseguridad que paraliza la decisión, se extravía el juicio. Los grandes líderes, en cambio, se dejan guiar por las ideas de las mentes más lúcidas.”
Autor: Tiene formación en Ciencias Sociales, Maestrando en Historia Dominicana, con especialidad en Tecnología e Innovación Educativa































