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KLC 00443
Dr. Carlos Julio Féliz Vidal
 
En La República Dominicana  no se registra el típico asesinato de alboroto, donde el asesino utiliza un lugar público para ejecutar a seis o más personas, sin embargo, en el ámbito familiar se están produciendo crímenes que bien, dado el tamaño de la población dominicana, reúnen varias de las características del crimen de alboroto.
 
Lo frecuente es que en República Dominicana,  cuando el asesino de la familia (familicide en la concepción inglesa), concluye el acto criminoso donde pierden la vida varios familiares, procesa al suicidio. 
 
El suicidio en este caso es un auto castigo y un meta mensaje. Auto castigo porque el infractor elige la sanción y se la aplica; meta mensaje porque le deja ver al sistema que la pena no es el remedio para prevenir el crimen.
 
Lo que está ocurriendo en República Dominicana, ya no es homicidio ni feminicidio en el sentido ordinario con que  estos vocablos se manejan en el Derecho dominicano.  
 
Estamos concurriendo a hechos donde la víctima es la propia familia. Muertes colectivas en las que se incluyen la pareja actual o pasada, suegros, cuñados y hasta los hijos, lo que connota un sentido de tragedia nacional.
 
Las muertes de alboroto dejan una amplia secuela de víctimas de rebote. Los familiares y amigos que están a ambos lados de la familia, y la misma sociedad en su conjunto que se entera crudamente por los medios masivos de comunicación, del genocidio de familia, siente un nivel de manifiesta ansiedad al contemplar el fracaso que como nación estamos experimentando al no encontrar soluciones preventivas y  satisfactoria a la muerte en el núcleo familiar.
 
El Estado ha respondido a  la problemática aumentando la pena al feminicida. Las penas largas no evitan la comisión de crímenes, al contrario, multiplican el efecto criminoso al reconducir al delincuente a otros tipos conexos de delitos que se asocian al principal. 
 
El hombre dominicano que está matando a la familia ha dejado de temerle a su propia muerte, para este no significa nada, por la tanto, que se el Código Penal eleve la cuantía de la pena. No hay forma de castigar a un hombre que se suicida.
 
La prevención de un crimen nunca es posible si se desconocen los verdaderos motivos que lo generan. La sociedad dominicana, incluyendo a los que se consideran expertos en el tema, atribuyen al familicidio una sola explicación: el machismo del hombre.
 
Estamos obviando que nuestro macho no sólo mata a la hembra que es o ha sido su pareja, ha llegado tan lejos que mata a sus propios hijos, a hijos de la pareja y a cualquier otro familiar que esté presente en el momento que desencadena el ataque, que también se está matando a sí mismo.
 
Los medios no resaltan la conducta del otro macho que decide separarse de la pareja infiel, conciliar con ella la crianza y cuidado de los hijos comunes,  que desafiando  una subcultura de violencia en la que se educa al hombre ligando su  auto estima a la seriedad de la mujer con la que ha formado una familia, comprende que el género no es lo relevante entre los humanos, que independientemente de que seamos varones o hembras, estamos llamados a considerar que ninguna falta amerita privar a otro de la vida.
 
El crimen de alboroto se alimenta del morbo, el sujeto se hace popular o populoso por algún tiempo. El trasciende a las páginas de los diarios, de las redes sociales y a la pantalla de la televisión, si queda vivo lee y ve su propia hazaña, si se suicida se lleva consigo la sensación de que será noticia.
 
Mientras más publicidad sin sentido se hace al familicidio, asociando al criminal con un verdadero macho, más morbo se despierta en la frustrada conciencia de un individuo que  vive intoxicado ante los nuevos tiempos, que no sabe que espera la propia sociedad del varón en su papel en la sociedad y en las relaciones de familia.
 
El tema del feminicidio y del familicidio debe ser replanteado, no de caras a la sanción, que como ya se ha dicho no evita su comisión, no de caras al machismo, porque el machismo  se asocia al morbo que degenera en crimen de alboroto. 
 
El tema debe ser abordado como un problema de la base misma de la sociedad, ligarlo a una plataforma de prevención, que permita la intervención de ser necesario, hogar por hogar, familia por familia, con un equipo multidisciplinario que sea capaz de tocar aspectos ligados a la cultura de la vida, al valor de la auto estima y al respeto y consideración mutuo entre los dominicanos y dominicanas.  
 
Hay un tipo de hombre dominicano que se está perdiendo en una bruma de incertidumbre, que no sabe cómo responder al desafío de una sociedad que lo educó y formó bajo los parámetros de una cultura que la realidad ha superado.   
 
Este hombre está ubicado en cualquier estamento social, laboral, profesional del pueblo dominicano, habita con nosotros y no siempre se le percibe hasta que incurre en el crimen. 
Este hombre es también una víctima de todos, es un dominicano que llega a matarse a sí mismo, a matar a sus seres más cercanos, porque no hemos encontrado como Nación, una respuesta que podamos darle que le sea una alternativa para colocarlo en condiciones de entender que la muerte de la familia no es una solución a su dilema. 
 
Creo que estamos en deuda con los cientos de mujeres que mueren cada año a manos de sus parejas, con los familiares que son víctimas del alboroto criminoso y con los propios hombres que devienen en criminales de su propio núcleo, porque a todos nos resulta cómodo abordar el problema con la simplicidad de una palabra: “machismo”, y con la implementación de una Política: “aumentar la pena”, cuando deberíamos, hombres y mujeres, mirar un poco más la crisis existencial y de valores que nos afecta,  así como el propio morbo que desatamos que obra en contra nuestra, al producir un desconcierto entre lo que al varón se le enseña desde niño y lo que se espera de él cuando es adulto.
 
El autor es director del Instituto INNIAJ, escritor de temas legales y profesor de la UASD

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