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Un Estado fallido no garantiza paz. Noam Chomsky da una explicación conceptual de lo que para él es un Estado Fallido. En su libro Estados Fallidos: El Abuso de Poder y el Ataque a la Democracia, escrito por el lingüista norteamericano en 2006, convertido rápidamente en un  best-séller internacional, explica claramente cuándo estamos frente a un país, cuyo Estado es fallido.
 
Chomsky, dice que los Estados fallidos “son aquellos que carecen de capacidad o voluntad para proteger a sus ciudadanos de la violencia y quizás incluso, la destrucción”  y otros aspectos que tienen que ver con la democracia.
 
¿Podemos afirmar que República Dominicana es un Estado fallido? Si lo observamos desde el funcionamiento de las instituciones, del respeto al estado de derecho, seguridad jurídica, funcionamiento de la democracia, podemos asegurar que el país funciona mínimamente y, por tanto, no está en esa categoría. 
 
Pero la delincuencia y la violencia sí podrían llevarnos a afirmar que ciertamente el país, si no lo es, va camino a convertirse en un futuro no muy lejano, convertirse en un Estado fallido, ya que no se garantiza seguridad a los ciudadanos producto de la delincuencia, cada vez más desafiante.
 
Unido a los últimos hechos espeluznantes con muertes de jovencitas, nos tienen que no salimos del asombro por lo macabro de estos abominables crímenes.   
 
La delincuencia sigue tan desafiante que no tiene miramientos. Ha tocado a un general activo de la Policía Nacional, a quien delincuentes en su casa, ubicada en el exclusivo sector de Arroyo Hondo, a quien amordazaron junto a su esposa e hijos, le llevaron un fusil y una pistola.
 
La propia uniformada confirmó el asalto al general de brigada Francisco Rommel López, cuyas investigaciones ya las comenzaron varios equipos del Dicrim.
 
Cuando asumió la Dirección General de la Policía Nacional, el Mayor General Ney Aldrin De Jesús Bautista Almonte, advirtió “los delincuentes tendrán que correr”.
 
Frente a este nuevo desafío de una delincuencia que no respeta rango ni estatus social nos lleva a afirmar que el problema no es cambiar un hombre, es más que eso.
 
Cabe preguntarse: ¿Quién pone a correr a quién?

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